Viernes. El trabajo atrás. Su jefe atrás. Con los tubos fluorescentes, las agendas y hasta las grapadoras. La buena presencia, los resultados, la eficiencia. Todo atrás. Delante la noche. Viernes noche por fin. Sus amigos. La risas. El pasado en historias, el futuro en el olvido, la calle por planeta. Los bares. La música. La gente. Y Sofía. Quizá Sofía. Ojalá Sofía. Y de repente esa canción. Ese estribillo. Los saltos. La cerveza. La evasión. Y el descuido. Una cazadora manchada. Cualquier cazadora. Pero no la de cualquier persona. El tipo equivocado. Un conocido equivocado. Los recuerdos equivocados. El pasado de vuelta. Y las palabras. Los insultos. Las ofensas. Los malentendidos bien entendidos. Las manos. Los puños. Los empujones hasta la salida. Los gritos. Una botella contra el suelo. El cristal contra la piel. La suerte. La mala suerte. La sangre. Las sirenas. El suelo. Su nombre. Primero cerca. Luego lejos. Y más lejos. Y la nada. La nada. La nada. Y ni eso.

Dios salve a la reina
2 Febrero 2010Septiembre de 1996. Poco antes de aparecer muerta por sobredosis, Anne MacDonald afirma ante un amigo que fue ella la que ayudó a drogarse a su hijo más de quince años atrás, el día en que éste murió por sobredosis. Ella era heroinomana desde hacía treinta años.
Quince años antes. Simon John Ritchie, más conocido como Sid Vicious, aparece muerto por sobredosis pocas horas después de salir de prisión en libertad bajo fianza. Tenía veintiun años. Los abogados estaban esperanzados de que saliese absuelto en el juicio por el homicidio de Nancy Spungen en el que se enfrentaba a una condena de quince años. Sid Vicious había intentado suicidarse varias veces desde hacía un año, cuando entró en la prisión de Rikers Island.
Un año antes. Sid Vicious despierta tras una noche de drogas y encuentra a Nancy Spungen, su pareja desde hacía casi dos años, muerta en el aseo con una puñalada. Declara que no recuerda lo sucedido. Él es el principal sospechoso aunque también se piensa en un ajuste de cuentas por parte de un traficante de drogas.
Casi dos años antes. Con diecinueve años Nancy Spungen, una joven que había sido una niña tan inteligente como conflictiva y que repetía que no iba a llegar a los veintiuno, llega a Londres donde descubre y conoce a los Sex Pistols. El cantante, Johnny Rotten, le presenta a Sid Vicious, amigo suyo desde hace años y que en esa epoca entra a formar parte del grupo sustituyendo al anterior bajista. Empiezan a salir juntos.
Algunos años antes. Simon John Ritchie, el futuro Sid Vicious, coincide en la escuela con John Lyndon, el futuro Johny Rotten, elegido por Malcon MacLaren, el dueño de una tienda de ropa fetichista, para ser el cantante de los Sex Pistols, el grupo que se considera que originó el movimiento punk, el fenómeno que durante el brevisimo periodo que duró logró abofetear en plena cara a una sociedad conservadora y sacudir una industria musical adormecida. Sid Vicious se convertiría en su máximo icono. Con todas sus consecuencias.

Por las mañanas
26 Enero 2010Abrió los ojos pocos segundos después de darse cuenta que no estaba durmiendo. Lo hizo resoplando. Era la enésima vez que durante esa noche la vigilia le arrancaba del sueño para dejarlo solo en su habitación. Intentó un cambio de posición. Se sentía cansado. Giró la cabeza para mirar el despertador y blasfemó. Bajó derrotado los párpados y en quince segundos una sirena que parecía anunciar el día del juicio final inundó la oscuridad.
Como un ente independiente un brazo se lanzó en un reflejo a presionar el botón correspondiente y volvió a su posición de reposo. La sirena calló. Mientras, el otro brazo y ambas piernas se habían encargado de dejar claro que separarlos de la cama sería de una crueldad intolerable. Él, magnánimo, acabó cediendo y decidió sacrificar los minutos de la ducha. Por un día no va a pasar nada, y mientras se excusaba pensando que tanta higiene solo era una cuestión cultural se quedó dormido.
Nueve minutos después los jinetes del Apocalipsis volvieron a cargar entre trompetas y esta vez ni siquiera el brazo responsable de acallarlos se movió. Solo necesito un poquito más, se dijo. El desayuno. Fuera el desayuno. Ya tomaré algo de camino. O ayuno que tampoco me va a venir mal. Una vez decidida la prolongación del descanso, logró que su brazo accediera a acallar las trompetas, aunque tras ello esta vez el mencionado brazo no llegó a tiempo a recuperar su posición original. Morfeo estuvo más rápido.
Nueve minutos más. De nuevo algo así como una orquesta de niños hiperactivos a la que algún insensato había surtido de sartenes y silbatos apareció en su habitación. A la mierda el trabajo. A la mierda todo pero yo no me levanto. Esta vez el brazo se esmeró e hizo las operaciones necesarias para romper los lazos de esa habitación con el mundo exterior. Cable fuera. No más alarmas. Ahora si podía dormir placidamente, sin plazos, nada de mendigar unos minutos más. Ya estaba decidido.
Solo media hora después puso los pies en el suelo y se sentó momentáneamente en la cama con la cabeza gacha. Se sentía sucio. Tenía hambre. Y le estaba dando vueltas a un problema del trabajo. Mierda.

Manifiesto
22 Enero 2010Escuchadnos. Sabed que esto no ha acabado. Tenemos claro quienes somos y quienes sois. O al menos donde estamos y donde estáis, y con eso nos basta. Seguid frotando con vuestro dedo los bordes, difuminad los perfiles cuanto queráis, que ya hemos visto vuestras manos manchadas y no nos vamos a confundir.
Nosotros y vosotros no son dos palabras vacías. No son conceptos vagos e indeterminados. Nosotros somos las feas, los calvos, las gordas, los raros. Somos el algo que necesitais para sentiros mejores que algo, vosotros, los jovenes aunque sobradamente preparados, los adultos que saben de las cosas, la gente con prisas.
Pero entended que ya no queremos jugar a vuestro juego, que no ambicionamos ser guapos ni ricos, que no nos motiva comprarnos casas ni tener coches. ¿Lo podéis creer? Os preguntaréis qué es lo que queremos…
Pero no os diremos nada. Mirad, esta es la sonrisa del diablo. Somos el bando enemigo. De momento perdemos, no lo niego, pero estad antentos. Vigilad vuestros traseros. Porque mordemos.

Cirugía moderna
19 Enero 2010Déjelo doctor, tengo miedo de volverla a encontrar. Y sin el dolor no tendría con que defenderme frente a ella. Si accedo a operarme y quita usted todo su rastro de mi cabeza, si me limpia de sus recuerdos, ¿que pasará cuando la vuelva a ver por primera vez?
Sus ojos clavados en los míos. Mi cuerpo dentro del suyo. Las nubes bajo los pies y… No. Otra caida así no. Prefiero arrastrarme por el suelo como hago ahora. Ya se que no estoy bien, pero lo peor, lo duro, fue el aprendizaje. Y no es que esté orgulloso, preferiría no saber lo que sé, que nada hubiera pasado, o mejor que nada pudiera pasar, pero eso no lo consigue su cirugía, hasta ahí no ha llegado la ciencia. Asi que no, doctor, escojo asegurarme de que no volverá a pasar. Y para eso no es que necesite el pasado, lo que necesito es que me duela hoy, y, ya le digo, me da miedo que no sea así si usted me arranca ese trozo de memoria.
Imaginese que ella también se opera, que me borra al igual que yo a ella, y que mañana nos sentamos al lado en el metro. Ni siquiera puedo estar seguro de que lo que ahora recuerdo solo haya pasado una vez. Usted me lo diría, ¿verdad Doctor?. Déjelo. Sigo con los antidepresivos. Sigo dejando que pase el tiempo. Puedo hacerlo. A ver donde me lleva.
Inspirado en “Olvidate de mi”, de Michel Gondry.

Sofistas
13 Enero 2010Escuché atentamente y acabé convencido. Y no solo yo. Tras dos horas de debate todos los presentes callamos ante unos argumentos que parecían cerrar la cuestión. No es fácil asumir que cambias de opinión, necesita uno tiempo, así que con buena cara pero con mal espíritu estaba por fin a punto de marcharme cuando aquel tipo, Gorgias, empezó a hablar.
Enseguida consiguió abrir de nuevo el debate y en no mucho más tiempo logró que todos llegásemos a la conclusión opuesta a la que antes estuvimos a punto de llevarnos a casa. Incluso algunos exclamamos lo tontos que habíamos sido y lo irrefutable, ahora si, de los nuevos argumentos. Estábamos de nuevo camino a la salida cuando unas preguntas comenzaron a cuestionar dichos argumentos irrefutables. Era de nuevo Gorgias.
Le bastó otro rato para darle otra vez la vuelta al asunto y, cuando terminó, me dirigí hacia él para cogerlo del cuello y exigirle que se dejara de juegos. Si sabía la solución a nuestro problema, y la tenía que saber puesto que tan agilmente manejaba aquellos razonamientos, que nos la dijera ya.
Se zafó de mi con ayuda de algunos cuya admiración acababa de despertar, y me mandó a preguntar por verdades a quien creyera en ellas. Citó, no sin mostrar cierta sorna, a otro par de griegos para ello y me pidió que les preguntara de su parte, Gorgias de Leontino, como explicar la idea de color con palabras cuando los oídos no escuchan colores sino unicamente sonidos.

De vuelta
8 Enero 2010Cuando volví tras tanto tiempo esperaba encontrarlo todo diferente, no reconocer las calles, andar desorientado sin mis viejas referencias, sorprenderme por verme como un extraño rodeado de extraños en el sitio donde crecí. Pero no fue así. Nada había cambiado en el barrio y, en contra de lo que podía esperar, aquello derivó en una sensación cálida. No duró mucho. Sólo hasta que me asaltó la idea de que aquello sería por que fuera de esa aparente burbuja todo parecía ir a peor.
Los coches, más modernos y en mayor cantidad, eran la única prueba del paso del tiempo. Sin embargo no desentonaban en la imagen del barrio. Habían ido cambiando delante mia en todos los sitios por donde pasé. Muchos pequeños cambios no hacen un gran cambio. Por eso no vemos envejecer a la gente con la que convivimos. Los edificios si eran los mismos e incluso las tiendas podrían haber encajado en una vieja foto a pesar de que muy pocos de los locales seguían con el mismo comercio.
Enfilé la calle de casa de mis padres mirando a todas partes. Intentaba fijarme en los detalles como si tuviera delante el juego de buscar las siete diferencias. Pero apareció aquel niño saliendo de la panadería y ya no pude dejar de mirarlo. Iba cargado con dos bolsas de plástico, una de ellas llena de barras de pan. Esperó impacientemente que dejaran de pasar coches y cruzó al semitrote. Ya en la otra acera devolvió tímidamente el saludo a una mujer y comenzó a caminar con paso cansado. Yo le miraba impactado. No solo sabía en que portal iba a llamar al telefonillo para que su madre le abriera, también sabía lo que iba a ser de su vida. Cuando se iba a cansar de aquel barrio, cuando iba a marcharse de aquella ciudad y de aquel país solo por escapar buscando donde ni en el idioma se parecieran a lo que allí le rodeaba. Que gente iba a conocer, por qué cosas iba a llorar. Quisiera o no. Me pregunté qué podría decirle.
Sacudí la cabeza para dejar de verlo y me di la vuelta. Me alejé luchando para no mirar atrás. Veinte años atrás.

Nuevo civismo
4 Enero 2010¿Alguén duda de que esta sociedad es la que queremos? Claro que faltan algunas cosas por pulir, pero no pongamos el grito en el cielo, hay que estar ciego para no ver que estamos progresando. Los fumadores cada vez lo tienen más difícil para molestar a las personas; no hay ciudad en la que no se esté legislando para garantizar el derecho de la gente a descansar frente a los quieren divertirse sin miramientos; y hasta, a base de educación, los propietarios de perros están empezando a recoger las heces de sus animales para que todo el mundo pueda andar tranquilo por la calle. Todo está en camino. Yo, en la actualidad, no veo mayores problemas. Aunque ande suelto por ahí algún loco decimonónico y trasnochado que si los vea. Solo hay que ser cívico, no molestar. Así podemos asegurarnos que, con todo el tiempo que nos queda para estar muertos, no vengan los vivos a molestarnos con su alboroto.
¿No?

Efectos secundarios
30 Diciembre 2009Mi hermano era un tipo feliz. O al menos de esos que al ser preguntados se definen como felices. Por la mañana, a las ocho en punto, se sentaba a trabajar con una sonrisa y ganas de hacer bien su labor. Dos horas después cogía la chaqueta del respaldo de la silla y acudía a la cafetería. Desayunaba con cuidado, quejándose orgulloso de como su mujer le mataría si apareciese en casa con la camisa manchada. Le encantaba su mujer. Su cómplice perfecta y necesaria. Guapa y con la sana intención de caer bien a todo el mundo. Como él. Tenían dos hijos, y aunque los dos eran varones, no se puede pedir todo, a los dos los adoraba. Los domingos por la mañana iba con ellos a limpiar minuciosamente el coche. Después no lo metía en el garaje sino que lo dejaba en la puerta de su casa hasta por la noche. En la urbanización nunca había problema de aparcamiento.
El problema empezó cuando en su trabajo quedó vacante la plaza de encargado. Mi hermano se quedó fuera de la selección tras hacer el test psicotécnico. Eso no le cuadraba en el guión. Comenzó a hacer compulsivamente crucigramas, sudokus y tests para calcular su cociente intelectual. No lograba que fuera aceptablemente alto. Y justo en aquella época aparecieron aquellas pastillas. Parecía que iba a ser la revolución. La gente no se atrevía a probarlas, más vale no tocar el cerebro decían, pero él no lo dudó. Tenía que arreglar el fallo de guión.
Funcionaban. La mejoría en los resultados de los tests lo decían. Pero había efectos secundarios. El tedio apareció en el trabajo, las buenas caras de sus compañeros ahora le parecían hipócritas, no dejó de querer a su mujer e hijos, o eso creía, pero no conseguía tiempo para hacer lo que quería hacer, o para pensar que quería hacer, por que eso es lo que ahora sentía que necesitaba, pensar que quería hacer. Quizá lo primero sería mudarse. Un cambio de aires. Pero su familia no lo iba a ver tan claro. El guión se complicaba.
Mi hermano supo parar a tiempo. Dejó las pastillas antes de que sus efectos fueran irreversibles. Aunque no ha recuperado del todo la felicidad. No logra olvidar completamente lo que pasó.
Inspirado en “Flores para Algernon”, de Daniel Keyes.

Culpables
27 Diciembre 2009Albert Parsons se entregó sabiendo que probablemente lo ahorcarían. Al contrario que el resto de acusados, él había logrado escabullirse para evitar su detención, pero al igual que el resto de acusados se sabía culpable del mismo delito. Así que no quiso permanecer escondido y se unió a ellos.
El porqué lo hizo no fue logicamente para que se hiciera justicia. Formalmente se les acusaba de los incidentes sucedidos en Haymarket Square, Chicago, el 4 de Mayo de 1886, en el que una bomba respondía a la intención dispersora de la policía, acabando con la vida de uno de ellos, y derivado en una situación caótica donde murieron siete policías más, probablemente por fuego amigo, y un número, indeterminado, de manifestantes. Los acusados tenían tan claro que los acusadores sabían de su inocencia con respecto a aquella bomba que en el juicio no perdieron mucho tiempo hablando de los hechos en concreto y si se dedicaron a confirmar su posicionamiento político, aquello por lo que realmente estaban allí, su verdadero delito.
Mientras la prensa bramaba contra esos locos antipatriotas, varios de ellos extranjeros, responsables de que cientos de miles de obreros amenazaran la salud económica del país poniéndose en huelga y participando en manifestaciones donde pedían una jornada de ocho horas para seguramente después exigir cobrar sin trabajar, Albert Parsons, tras negarse a escribir una confesión, fue condenado a la horca junto a cuatro compañeros. Otros tres obtuvieron pena de prisión.
Hoy en dia el 1 de Mayo es celebrado en casi todo el mundo como el día de los trabajadores en recuerdo de aquella huelga de hace más de ciento veinte años donde se luchaba por la jornada de ocho horas. Digo en casi todo el mundo por que curiosamente en Estados Unidos, país donde los hechos tuvieron lugar, no es celebrado.