29 Noviembre 2009
Me detuve un segundo antes de entrar. Detrás de esa puerta me esperaba el final de una historia que duraba ya mucho tiempo. Y por fin el comienzo de una nueva vida.
Habían sido años de investigación hasta que localizamos donde se escondía la gente que arruinó nuestras vidas. No dudaron en intentar pisarnos cuando tiempo atrás su camino tropezó con el nuestro. Nos pudimos defender, tuvieron que retirarse con el rabo entre las piernas, pero la sangre no es fácil limpiarla de la memoria.
Habían sido años de entrenamiento físico los que hicieron posible que llegara hasta allí. Años de privaciones desde que fui elegido para colarme en la boca del lobo. Me hice más fuerte, más rápido y más silencioso mientras el tiempo apremieba por el miedo a ser atacados de nuevo.
Habían sido años de preparación mental. Y por eso abrí la puerta tranquilo y levanté el arma sin temblar. Estaban los dos a los que buscaba y les dejé que me mirasen. Lo tenía bien planeado, sabía que me reconocerían. Quería que al menos durante un par de segundos pensaran en por qué ese era su último par de segundos. Pero uno habló. Se dirigió a su compañero pero hablaba consigo mismo. No nos han perdonado, se dijo con tristeza. Y disparé.
Y comenzó una nueva vida. Sin miedo. Sin amenazas. Y con un par de segundos que no paran de sucederse una y otra vez en mi cabeza. Y van siendo ya muchos años.
Inspirado en “El Juego de Ender”, de Orson Scott Card.
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25 Noviembre 2009
Los veo caminar tan henchidos de gloria. Son portadores de un carácter único, el mejor de los conocidos, heredado de una historia en la que no pueden dejar de pensar con orgullo. Miran al otro lado del charco de forma paternalista como si con el castellano les hubiesen enseñado a hablar a aquellos indios desagradecidos que parecen no valorar que se les enseñara una religión en condiciones cuando ellos solo tenían supersticiones. Y celebran cada año el dia en el que hicieron la luz, ellos y no otros, en las tinieblas.
¿Y la Leyenda Negra? Pues eso, una leyenda, rumores infundados, pequeñas y normales imperfecciones en aquella época, traspiés superados, peores fueron los ingleses, etc. Eso cuando conocen el término. Y cuando son capaces de reprimir la habitual mueca de “otro de esos (piiii) que se queja por todo y solo se fija en lo malo” y se dan la vuelta y siguen caminando erguidos y dispuestos a no mirarse nunca el ombligo porque para ombligo el de los demás, el de los otros, y viva nosotros, que el “nosotros” ya se encargan de definirlo bien, y que los demás aprendan.
Algunos, más avergonzados que orgullosos aun estando dentro de ese “nosotros”, buscamos calor en sitios diferentes y algo encontramos en Bartolomé de Las Casas y en su Brevesima relación de la destrucción de las Indias y depositamos nuestra esperanza en la remota posibilidad de ser “nosotros” los que aprendamos de tanto error cometido.
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20 Noviembre 2009
El hombre del motor de agua va de plaza en plaza con una carpeta llena de planos hechos a mano y enormes fórmulas debajo del brazo. Nunca se separa de ella. Aborda a los peatones que aun no se han unido a su empresa y les cuenta como ese diseño del que es poseedor puede cambiar el mundo. Nunca pide dinero. No quiere socios en su empresa. No quiere deudas, recibos, pagarés ni promesas escritas. Normalmente pide tabaco o compañía, aun sin pedirla. Una charla alrededor de un cartón de vino. Y a cambio asegura el acordarse de quien accede a escucharle cuando pueda llevar a cabo sus planes. Ofrece un rinconcito reservado en su cabeza. Nada menos.
Hay muchos intereses en contra, revela en voz baja, pero el proyecto está en buenas manos. Receloso enseña unas cuantas hojas sueltas. Están atestadas de garabatos aunque no presentan un solo tachón. Blanco viejo sobre el que los trazos azules de un bolígrafo parece que no pueden mentir. Letra pequeña, muy apretada, pero perfectamente legible.
Nunca reclama la autoría. Cuando se le pregunta dice que un viejo amigo, un hombre con un cerebro extraordinario pero con un excesivo apego a la vida le había dado toda la documentación para pagarle una enorme deuda. Y por supuesto a él no le cabe duda de la autenticidad de aquello. A las preguntas sobre la naturaleza de esa deuda responde diciendo que está pagada. Luego no existe. Y cambia de tema.
Hace unas cuantas semanas que no le veo, pero no me cabe duda de que tengo ese rinconcito reservado en su memoria. Como él en la mía.
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16 Noviembre 2009
Algo iba mal. Era una sensación conocida. No podía decir que era lo que no funcionaba ni podía identificar las señales de peligro pero hubiera jurado que un ejército de moscas se atrincheraba detrás de mi oreja. Como cuando en las películas un silencio excesivo pone en alerta al protagonista. Antes mentí. No era una sensación conocida. Era todo lo contrario. El suelo no temblaba bajo mis pies. Las zarzas no arañaban mi piel. Caminaba sin encontrarme mayores obstáculos y nadie se oponía a que avanzara.
Algo iba mal porque todo marchaba bien. Así que frené en seco. Vuelvo a mentir, lo siento. En realidad no fue fácil parar, me daba la impresión de que yo era un camión pesado a 200 por hora. Aquello invitó a un nuevo ejército de moscas a acampar en mi otra oreja. Pero al final lo logré. El pedal de freno a fondo, las tripas pretendiendo escaparse del pecho pero mis pies quietos.
Algo iba mal. Ya era seguro. Lo supe porque por fin pude levantar la cabeza y mirar alrededor mío. A mi espalda había un rastro de huellas y delante de mí, a lo lejos, el punto del horizonte a donde me dirigía. Un punto igual que los demás. ¡Y dale con las mentiras! No era igual. Lo diferenciaba que era al único sitio al que se dirigía un camino. Ahí fue cuando los ejércitos de moscas rompieron filas con la misión cumplida.
Algo iba mal y ahora había que poner remedio. Estuve un tiempo sin moverme. Analizaba mi posición, estudiaba el terreno, pero no llegaba a ninguna conclusión. No sabía a donde dirigirme hasta que empezó a levantarse aire. Por fin sonreí. No hay nada como un poquito de viento en contra para caminar.
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12 Noviembre 2009
No, amigo, no. No es haber matado ahora a aquel hombre lo que no te deja dormir. Tú como yo has visto demasiadas cosas como para que eso signifique mucha diferencia. Tienes el pasado lleno de mierda, tú mismo has escapado por los pelos del abrazo de la parca en alguna ocasión y eso nunca te detuvo. Sabés que aquel cerdo sonreía sobre las sangre de muchas víctimas. Y que otras muchas estaban por llegar. Y que quizá si no hubieses sido tú hubiese sido otro. Pero lo que te duele es que aquel día actuara delante tuyo y tú no dijeras nada. Te estuviste quietecito amigo. En mi opinión eso era justo lo que tenías que hacer, de lo contrario con toda seguridad no estaríamos aqui hablando. Pero a ti te atormenta. A quien se llevó aquel día te conocía, tu lo conocías, puede que no fuerais grandes amigos, pero compartisteis humillaciones durante dias, y mientras era arrastrado a su destino no te oyó decir nada amigo. Por una vez te callaste. Y saliste vivo de allí. Y ahora el sueño te ha abandonado porque sabes que no has matado a aquel hombre por lo que él hizo, sino por lo que hiciste tú. Por lo que no hiciste tú. Lo has matado porque te hace sentir un cabrón. Saberte un cabrón. Otro mas.
Inspirado en “Todos los hermosos caballos”, de Cormac McCarthy
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9 Noviembre 2009
Ni un solo instante dedicaba Ory a darle vueltas al pasado. Los achaques con los que la edad le iba obsequiando empezaban a ser de los realmente amenazantes, uno de ellos sería el último, pero Ory tampoco perdía un solo día en pensar en la muerte. Ni un solo dia en toda su vida había perdido en eso. Ni gastaba nunca tiempo alguno en meditar sobre el tiempo, ni ningún mañana en mente le hacía olvidarse de su presente. Ory nunca tuvo que esforzarse en encontrarse a si mismo porque nunca había cometido la estupidez de perderse. Las sendas que andaba no eran tortuosas sino que iban derechas a lo que quería, el camino más corto que pudiera trazar.
Y asi fue hasta el final, hasta que su ya muy débil organismo no resistió un ataque al corazón. Tenía diez años. Una maldición llamada progeria había acelerado por ocho su envejecimiento. Aunque solo en parte. Su anciano cuerpo se llevó a la tumba los pensamientos, las ilusiones, las emociones de un niño de diez años. Su ignorancia dirán algunos, pensando en todo lo que hemos aprendido los demás después. A ver si lo desaprendiéramos.
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6 Noviembre 2009
Me acordé de pronto. Llevaba unos minutos con el pensamiento pululando en mi cabeza mientras la escuchaba, yo conozco a esta chica, ¿de que conozco a esta chica? Cada gesto que hacía, cada tema que abordaba me reafirmaba en mi convencimiento aunque no parecía acercarme a la solución. Llegué a preguntarle, perdona ¿no nos conocemos de antes? Ella me aseveró que no. Pero no me convencía. ¿Dónde la he visto antes? ¿Dónde? ¿Dónde? Y de repente, como digo, me acordé.
Me despedí precipitadamente fingiendo que me acababa de acordar de un asunto y salí hacia mi casa no sin antes decirle sinceramente que la llamaría más tarde. Había logrado recordar quien era pero necesitaba comprobar unas dudas que se habían precipitado por la puerta de entrada cuando esta por fin se desatascó. Hay que ver como funciona el cerebro.
Primero busqué en las novelas negras, me sonaba que podía ser ahí. Iba sacando los libros de la estantería y hojeándolos durante unos minutos. Luego los dejaba en el suelo. No tuve éxito y seguí con la ciencia ficción. Mismo resultado. Después me vino una corazonada. ¿Un comic? Además la búsqueda era más fácil. Pero nada. Clásicos rusos, realismo mágico, americanos malditos, narrativa francesa actual. Nada. Y en los estantes cada vez menos libros.
Seguí buscando sin seguir criterio alguno. Libro a libro conforme estaban colocados. Y no mucho después la vi. La mejor amiga de la novia del protagonista. Era ella. No había duda. El nombre era otro pero eso no me logró confundir. Descrita durante unas diez páginas poco después del comienzo del libro. Las leí detenidamente mientras no podía dejar de sonreír orgulloso al ir confirmando su identidad. El mismo físico, las mismas maneras. Sabía que la conocía. Lo sabía.
Pero había algo que aun permanecía en el umbral de la puerta. Algo que pedía paso tímidamente después del tropel anterior. Mi autocomplacido cerebro lo ignoraba al principio, sin embargo, no sin cierta desgana, acabó por dejar entrar un nuevo pensamiento.
Miré con miedo hacia el final del libro. Y en efecto. Allí volvía a aparecer. Leí apesadumbrado como se descubría que ella estaba detrás de la malvada trama que había intentado acabar con el amor de su amiga y el protagonista. Mierda, pensé. Por supuesto no la llamé.
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30 Octubre 2009
– ¡No! ¡Escúchame tú! – le dijo a San Pedro – Si quisiera repasar mi vida probablemente me arrepentiría de cada paso que he dado, pero una visita al valle de lágrimas ha sido suficiente como para volver. Ni siquiera en pensamientos. Así que déjate de monsergas. Ábreme la puerta o indícame como llegar al infierno. No creas que me importa demasiado que decidas.
– Pues debería importarte. Por que allí solo hay sufrimiento y sin embargo detrás de esta puerta reina el amor.
– ¿El amor? ¿El amor es eso que me ha tenido toda la vida rechazando a aquella persona a quien yo pudiera hacer daño para estar siempre detrás de quien pudiera hacerme daño a mí?
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26 Octubre 2009
Jett Rink, un James Dean totalmente manchado de negro, se acerca triunfante a decirles a sus ricos vecinos los Benedict, que él, un don nadie con una pequeña parcela de tierra, acaba de encontrar petróleo. En sus ojos brilla la revancha. En efecto, a partir de ahí será un hombre rico. Puede que infeliz, es humano, pero rico.
“Gigante”. Eso es cine. Eso es América.
Ken Saro-Wiwa cuelga de una horca junto a otros ocho miembros del Movimiento por la Supervivencia del Pueblo Ogoni. Su campaña no violenta por denunciar el deterioro medioambiental de su tierra, el delta del Níger, y las condiciones de vida de su gente acababa ahí. Casi quince años después nada ha cambiado. La contaminación por hidrocarburos en la zona está dejando sin recursos a la población. Se estima que un 60% de ella depende de su entorno natural. Los conflictos armados y guerrillas se suceden. La mayoría de las personas no tiene acceso a agua potable ni a atención sanitaria. Y todo eso en una zona que se calcula ha generado 600.000 millones de dólares estadounidenses desde 1960 y donde las compañías petrolíferas, principalmente Shell, siguen con su negocio con el visto bueno de las autoridades.
“La maldición de los recursos”. Eso es la realidad. Eso es África.
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22 Octubre 2009
Asomaos. ¿Veis aquel chaval alto al que rodean un grupo de niños? Ese es el líder. El resto de niños asume su autoridad y acepta las normas que él dispone. Es muy inteligente y a base de iniciativa y valor ha logrado el carisma del que hoy disfruta. En varias ocasiones ha sabido encontrar solución a diversos problemas entre los demás niños. Ahora en el patio del colegio nunca hay peleas.
Y ahora mirad aquel rincón. Aquel otro niño, el pelirrojo que está allí sentado en el suelo, fue siempre bastante problemático. Aparentemente sin razones le tenía manía al líder. Iba siempre solo y no participaba en las actividades con el resto de alumnos a no ser que los profesores le obligaran.
Hace unos días, durante una clase de gimnasia, a uno de los secuaces del líder le robaron todo lo que llevaba en lo mochila. El ladrón no dejó prueba alguna pero el líder sospechó desde el principio de aquel chico pelirrojo. Al ver que el crimen seguía impune decidió meter en la taquilla del sospechoso un reloj y decirle a la victima del robo que dijera que era suyo cuando él lograra que el profesorado abriera la taquilla y lo descubriera.
El niño pelirrojo recibió un severo castigo. Y el secuaz del líder, al que le carcomía la conciencia, se acercó en secreto para decirle que sentía que pagara por el robo. Pero el niño pelirrojo le dijo secamente que el robo si lo había cometido él e inmediatamente se giró y se alejó.
El secuaz, que es aquel que veis allí serio en aquel grupo, se quedó entonces parado pensando que, después de todo, se había hecho justicia. Y gracias al líder. Sin embargo algo raro notaba dentro. Quizá una balanza que andaba descompensada en sus entrañas había acabado por romperse.
Inspirado en “Sed de Mal”, de Orson Welles.
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