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La sabiduría

9 Noviembre 2009

Ni un solo instante dedicaba Ory a darle vueltas al pasado. Los achaques con los que la edad le iba obsequiando empezaban a ser de los realmente amenazantes, uno de ellos sería el último, pero Ory tampoco perdía un solo día en pensar en la muerte. Ni un solo dia en toda su vida había perdido en eso. Ni gastaba nunca tiempo alguno en meditar sobre el tiempo, ni ningún mañana en mente le hacía olvidarse de su presente. Ory nunca tuvo que esforzarse en encontrarse a si mismo porque nunca había cometido la estupidez de perderse. Las sendas que andaba no eran tortuosas sino que iban derechas a lo que quería, el camino más corto que pudiera trazar.

Y asi fue hasta el final, hasta que su ya muy débil organismo no resistió un ataque al corazón. Tenía diez años. Una maldición llamada progeria había acelerado por ocho su envejecimiento. Aunque solo en parte. Su anciano cuerpo se llevó a la tumba los pensamientos, las ilusiones, las emociones de un niño de diez años. Su ignorancia dirán algunos, pensando en todo lo que hemos aprendido los demás después. A ver si lo desaprendiéramos.

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La conozco

6 Noviembre 2009

Me acordé de pronto. Llevaba unos minutos con el pensamiento pululando en mi cabeza mientras la escuchaba, yo conozco a esta chica, ¿de que conozco a esta chica? Cada gesto que hacía, cada tema que abordaba me reafirmaba en mi convencimiento aunque no parecía acercarme a la solución. Llegué a preguntarle, perdona ¿no nos conocemos de antes? Ella me aseveró que no. Pero no me convencía. ¿Dónde la he visto antes? ¿Dónde? ¿Dónde? Y de repente, como digo, me acordé.

Me despedí precipitadamente fingiendo que me acababa de acordar de un asunto y salí hacia mi casa no sin antes decirle sinceramente que la llamaría más tarde. Había logrado recordar quien era pero necesitaba comprobar unas dudas que se habían precipitado por la puerta de entrada cuando esta por fin se desatascó. Hay que ver como funciona el cerebro.

Primero busqué en las novelas negras, me sonaba que podía ser ahí. Iba sacando los libros de la estantería y hojeándolos durante unos minutos. Luego los dejaba en el suelo. No tuve éxito y seguí con la ciencia ficción. Mismo resultado. Después me vino una corazonada. ¿Un comic? Además la búsqueda era más fácil. Pero nada. Clásicos rusos, realismo mágico, americanos malditos, narrativa francesa actual. Nada. Y en los estantes cada vez menos libros.

Seguí buscando sin seguir criterio alguno. Libro a libro conforme estaban colocados. Y no mucho después la vi. La mejor amiga de la novia del protagonista. Era ella. No había duda. El nombre era otro pero eso no me logró confundir. Descrita durante unas diez páginas poco después del comienzo del libro. Las leí detenidamente mientras no podía dejar de sonreír orgulloso al ir confirmando su identidad. El mismo físico, las mismas maneras. Sabía que la conocía. Lo sabía.

Pero había algo que aun permanecía en el umbral de la puerta. Algo que pedía paso tímidamente después del tropel anterior. Mi autocomplacido cerebro lo ignoraba al principio, sin embargo, no sin cierta desgana, acabó por dejar entrar un nuevo pensamiento.

Miré con miedo hacia el final del libro. Y en efecto. Allí volvía a aparecer. Leí apesadumbrado como se descubría que ella estaba detrás de la malvada trama que había intentado acabar con el amor de su amiga y el protagonista. Mierda, pensé. Por supuesto no la llamé.

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Omisión de gracias

30 Octubre 2009

– ¡No! ¡Escúchame tú! – le dijo a San Pedro – Si quisiera repasar mi vida probablemente me arrepentiría de cada paso que he dado, pero una visita al valle de lágrimas ha sido suficiente como para volver. Ni siquiera en pensamientos. Así que déjate de monsergas. Ábreme la puerta o indícame como llegar al infierno. No creas que me importa demasiado que decidas.

– Pues debería importarte. Por que allí solo hay sufrimiento y sin embargo detrás de esta puerta reina el amor.

– ¿El amor? ¿El amor es eso que me ha tenido toda la vida rechazando a aquella persona a quien yo pudiera hacer daño para estar siempre detrás de quien pudiera hacerme daño a mí?

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La maldición de los recursos

26 Octubre 2009

Jett Rink, un James Dean totalmente manchado de negro, se acerca triunfante a decirles a sus ricos vecinos los Benedict, que él, un don nadie con una pequeña parcela de tierra, acaba de encontrar petróleo. En sus ojos brilla la revancha. En efecto, a partir de ahí será un hombre rico. Puede que infeliz, es humano, pero rico.

“Gigante”. Eso es cine. Eso es América.

Ken Saro-Wiwa cuelga de una horca junto a otros ocho miembros del Movimiento por la Supervivencia del Pueblo Ogoni. Su campaña no violenta por denunciar el deterioro medioambiental de su tierra, el delta del Níger, y las condiciones de vida de su gente acababa ahí. Casi quince años después nada ha cambiado. La contaminación por hidrocarburos en la zona está dejando sin recursos a la población. Se estima que un 60% de ella depende de su entorno natural. Los conflictos armados y guerrillas se suceden. La mayoría de las personas no tiene acceso a agua potable ni a atención sanitaria. Y todo eso en una zona que se calcula ha generado 600.000 millones de dólares estadounidenses desde 1960 y donde las compañías petrolíferas, principalmente Shell, siguen con su negocio con el visto bueno de las autoridades.

“La maldición de los recursos”. Eso es la realidad. Eso es África.

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La razón del equilibrio

22 Octubre 2009

Asomaos. ¿Veis aquel chaval alto al que rodean un grupo de niños? Ese es el líder. El resto de niños asume su autoridad y acepta las normas que él dispone. Es muy inteligente y a base de iniciativa y valor ha logrado el carisma del que hoy disfruta. En varias ocasiones ha sabido encontrar solución a diversos problemas entre los demás niños. Ahora en el patio del colegio nunca hay peleas.

Y ahora mirad aquel rincón. Aquel otro niño, el pelirrojo que está allí sentado en el suelo, fue siempre bastante problemático. Aparentemente sin razones le tenía manía al líder. Iba siempre solo y no participaba en las actividades con el resto de alumnos a no ser que los profesores le obligaran.

Hace unos días, durante una clase de gimnasia, a uno de los secuaces del líder le robaron todo lo que llevaba en lo mochila. El ladrón no dejó prueba alguna pero el líder sospechó desde el principio de aquel chico pelirrojo. Al ver que el crimen seguía impune decidió meter en la taquilla del sospechoso un reloj y decirle a la victima del robo que dijera que era suyo cuando él lograra que el profesorado abriera la taquilla y lo descubriera.

El niño pelirrojo recibió un severo castigo. Y el secuaz del líder, al que le carcomía la conciencia, se acercó en secreto para decirle que sentía que pagara por el robo. Pero el niño pelirrojo le dijo secamente que el robo si lo había cometido él e inmediatamente se giró y se alejó.

El secuaz, que es aquel que veis allí serio en aquel grupo, se quedó entonces parado pensando que, después de todo, se había hecho justicia. Y gracias al líder. Sin embargo algo raro notaba dentro. Quizá una balanza que andaba descompensada en sus entrañas había acabado por romperse.

Inspirado en “Sed de Mal”, de Orson Welles.

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El otro

19 Octubre 2009

Hay alguien que abre los ojos cuando yo me despierto. Un tipo que hace mi trabajo y se relaciona con mis amigos. Normalmente yo me quedo en la cama, sin embargo alguna mañana no puedo evitar esconderme en un rincón de su cabeza y observar con que actividades rellena los días. Incluso siento envidia al verlo actuar. A diferencia de mi, ha aprendido a manejarse en este mundo.

Me temo que en cierto modo soy una carga para él. Me descubro hablándole al oído de tristezas, culpas y miserias. Y me escucha, el pobre me escucha, pero es más fuerte que yo, se dedica a seguir caminando, a saludar con una sonrisa a las caras conocidas, a parar cuando ve el peatón de los semáforos en rojo y reanudar la marcha cuando se pone en verde, a cubrirse cuando llueve y a abrigarse contra el frío.

¿Y si ese, el caminante y no yo, fuera el verdadero? Yo no sería más que un trastorno pasajero. Unos momentos de locura. Por que el caso es que cuando me duermo es él quien cierra los ojos.

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Ausencias

13 Octubre 2009

Gustavo Germano, el fotógrafo, señala que ya está preparado y Mario Alfredo Amestoy, con alrededor de 60 años, comienza a corretear ladera abajo como aquel día ya lejano en el que fue allí a pasar un día de campo en familia… ¡flash!

En la foto, una más de la exposición Ausencias, Mario Alfredo Amestoy está solo pero no es el protagonista. Ese título se lo reserva su hermano Omar Darío Amestoy que en la misma foto echada 30 años atrás si que estaba. La zona por la que él correteaba se ve ahora vacía.

Omar Darío Amestoy fue asesinado en 1976 con 31 años en Buenos Aires junto a su mujer, Maria del Carmen Fettolini de 29 años, y sus hijos Maria Eugenia y Fernándo, con 5 y 3 años respectivamente. Fueron asesinados en su casa por las Fuerzas Conjuntas al mando del Teniente Coronel Fernando Saint Amant, compuestas por el ejército argentino y la policía federal y bonaerense. La actividad social que Omar Darío Amestoy llevaba a cabo en los barrios marginales de la ciudad cesó.

En la misma matanza, conocida como la masacre de la calle Juan B. Justo, también fue asesinada Ana María del Carmen Granada, cuyos restos siguen sin aparecer y cuyo bebé fue el único superviviente. El marido de Ana María del Carmen Granada había desaparecido meses atrás.

Hoy, a mi entender, Gustavo Germano ha conseguido con las parejas de fotos de su exposición poner signos de exclamación al silencio, y yo se lo agradezco.

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Acción y reacción

6 Octubre 2009

Y sucedió que el hermano mayor, muchacho justo y virtuoso, dudó. Y es que ya sumaban varios días en los que en el banco donde tenía por costumbre sentarse al asistir a misa, inmediatamente a su derecha se colocaba un señor de aspecto cansado que justo antes de soltar el cesto de limosnas que iba de mano en mano sustraía del mismo todo lo que la sutileza de la acción le permitía.

Fue en su búsqueda de lo justo que frenó su primera intención de denunciarlo al párroco. Supo, porque se esforzó en saber, de las penurias del hombre y de que esos hurtos iban destinados a dar de comer a una familia acosada por la mala suerte y necesitada de momentos donde descansar del hambre. Sin embargo, aunque concienciado de la ausencia de maldad en aquella acción, la duda sobre como actuar le carcomía. Y no sin razón.

Porque sucedía que su misma familia no era más afortunada que la del hombre de su derecha ni pasaba menos hambre. Y es por eso que miraba de reojo a su hermano menor, sentado a su izquierda, temiendo que le sacara el asunto dado que, a buen seguro, también se había percatado de esa mano que no dejaba sino que tomaba.

Él se sabía referente de su hermano pequeño, al que siempre le habían enseñado a aprender de su buen hermano mayor y que, obediente, le preguntaba sobre todo aquello que no entendía bien, siempre complaciéndose en las sabias respuestas de su hermano.

Y así el hermano pequeño esperaba prudentemente a ver que hacía el mayor para saber que era lo justo, mientras el mayor ni podía denunciar aquello sin que eso le persiguiera por las noches ni podía no denunciarlo porque aquello equivaldría a decirle a su hermano que robara cuando lo viera necesario. Y lo podía ver necesario en ese mismo instante. Así que acabo por cambiar de banco en la parroquia creyendo que no actuando salía del paso.

Pero aquello no dejó de ser un acto. Y el hermano pequeño lo vio y aprendió. Algo aprendió.

Inspirado en “Los ojos del hermano eterno”, de Stefan Zweig

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La renuncia

29 Septiembre 2009

¿En que momento se me ocurrió enseñar a aquellos monos a andar erguidos? Esto se me ha ido de las manos. ¿Cómo iba a suponer que los iba a hacer tan desgraciados? ¿Quién podría haber predicho que la consecuencia de dejarles las manos libres iba a ser tanto pensar?

Ahora no hacen más que buscar. Me buscan a mí como si pudieran encontrarme, como si tuvieran las herramientas necesarias, como quien con un martillo intentase coser un roto. Buscan un sentido a sus vidas como si tuviera que ser diferente del de las ratas. Se han inventado algo llamado felicidad y se la han colocado bien lejos para poder estar siempre en su búsqueda. Siempre buscando y nunca siendo. Así son. En eso se han convertido. Siempre buscando y nunca siendo.

En fin, me voy. Ya no hay remedio. Que sigan ellos solos.

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El extraño planeta

25 Septiembre 2009

Algún empleado de seguridad, cumpliendo con su deber, no dejó entrar a Mehran Karimi Nasseri en el Reino Unido. Había llegado a Heathrow sin papeles y por tanto lo embarcaron de vuelta a Paris. El empleado llegó a casa por la noche y cuando le preguntaron como le había ido el día contestó que no había pasado nada especial. Mehran Karimi Nasseri, en efecto, fue desembarcado en el aeropuerto Charles de Gaullel. Y no salió de allí durante dieciocho años.

Hubo más gente que cumplió con su deber. Para salir del aeropuerto a territorio francés tenía que demostrar su identidad. Pero él no podía. Explicó que en ese mismo aeropuerto le habían robado antes de salir hacia Londres. Pero explicar no es demostrar.

En Bélgica, el país donde años antes había sido aceptada su petición de asilo por el alto comisionado de las Naciones Unidas, también hay gente que cumple con su obligación. Exigieron que Mehran Karimi Nasseri se presentara allí para poder volver a darle la documentación que lo acreditaba como refugiado. Él, claro, tampoco pudo ir a por sus papeles.

Mehran Karimi Nasseri fue poco a poco perdiendo la cabeza. O más bien haciendo en ella los cambios necesarios para sobrevivir aceptando que aquel pabellón de salida era todo su mundo. Fuera de allí había un extraño planeta lleno de algo que llamaban países donde él no era aceptado. Un planeta poblado de gente que cumple con su deber. Un planeta donde para ser una persona parece no bastar con ser humano.