Sobrevaloraba la felicidad. Eso dice el Cortao del Rorro. No se puede estar todo el día empeñado en construir algo, en sentar bases, planificando, conociéndose a uno mismo, aceptando debilidades, proponiéndose objetivos, buscando las partes positivas de todo… No se puede, insistía el Cortao cuando el Rorro se fue del pueblo, tanta búsqueda de felicidad te dejará sin alegrías.
El Rorro nunca quiso calmantes para aliviar el dolor de sus heridas. Y las tenía abundantes. Pensaba en que si algo le dolía era para que no pudiese mirar a otro lado. Elegía el dolor. Pero no quería el dolor. Quería bienestar. Estar bien. Aun dolorido.
Algo pasó. Alguien pasó. Replanteamiento de la situación. Quizá…
El Rorro no estuvo casi un año de vuelta en el pueblo para descansar. Aunque cansado es como estaba. Fue allí para esconderse. Su rutina lo buscó y buscó dispuesta a reincorporarlo al puzzle. Pero el Rorro aguantó el tiempo suficiente para que el hueco se diluyera. Eso parecía.
El Rorro sentía que la partida volvía a comenzar y que tenía mejores cartas. El Cortao también lo creyó. Yo fui quien meses después le dio la noticia al Cortao de que la partida había acabado. Mierda de juego.

