Archivos de la categoría ‘Amigos’

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El Cortao III y el Rorro IV

4 agosto 2009

Sobrevaloraba la felicidad. Eso dice el Cortao del Rorro. No se puede estar todo el día empeñado en construir algo, en sentar bases, planificando, conociéndose a uno mismo, aceptando debilidades, proponiéndose objetivos, buscando las partes positivas de todo… No se puede, insistía el Cortao cuando el Rorro se fue del pueblo, tanta búsqueda de felicidad te dejará sin alegrías.

El Rorro nunca quiso calmantes para aliviar el dolor de sus heridas. Y las tenía abundantes. Pensaba en que si algo le dolía era para que no pudiese mirar a otro lado. Elegía el dolor. Pero no quería el dolor. Quería bienestar. Estar bien. Aun dolorido.

Algo pasó. Alguien pasó. Replanteamiento de la situación. Quizá…

El Rorro no estuvo casi un año de vuelta en el pueblo para descansar. Aunque cansado es como estaba. Fue allí para esconderse. Su rutina lo buscó y buscó dispuesta a reincorporarlo al puzzle. Pero el Rorro aguantó el tiempo suficiente para que el hueco se diluyera. Eso parecía.

El Rorro sentía que la partida volvía a comenzar y que tenía mejores cartas. El Cortao también lo creyó. Yo fui quien meses después le dio la noticia al Cortao de que la partida había acabado. Mierda de juego.

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Fermín Bueno y Mateo Romero II

25 junio 2009

Iba a ser su primer bastón. Eligió el que consideró más discreto, en la tienda no los había invisibles. Se lo entregaron dentro de una enorme bolsa de plástico y Fermín Bueno se sintió ridículo en el camino de vuelta. Lo racional sería sacarlo de la bolsa y empezar a usarlo, pero decidió que la transformación, ese instante en el que pasaba de ser alguien a alguien con bastón, era mejor hacerla en casa. Sin que nadie pudiera verlo. ¿O tal vez en una cabina, como superman? pensó sorprendido al descubrirse planteándoselo en serio.

A Mateo Romero de pequeño, con aproximadamente un metro de altura, le encantaba tocar los techos con las manos y mirar a la gente desde arriba. Para él era como viajar. El mundo cambiaba de forma. Por eso cuando veía a su abuelo no pasaban más de dos minutos sin pedirle que le subiera a los hombros, sabiendo que él siempre accedía. Hasta que apareció con un bastón. Y ya no se lo volvió a pedir. Algo en la imagen no le cuadraba.

Fermín Bueno sabía que el bastón venía con extras, pero no había pensado que dejar de subirse a los hombros a su nieto sería uno. Cuando se dio cuenta se mantuvo en silencio. Algo en la imagen no le cuadraba. El bastón. Maldito tiempo.

Mateo Romero no volvió a subir a los hombros de nadie para ver el mundo desde otra perspectiva. Al poco tiempo incluso dejó de pensarlo. Fermín Bueno si lo continuó echando de menos. Sentado en su casa se imaginaba a él sobre los hombros de su nieto. Y se preguntaba sorprendido si se lo estaba planteando en serio.

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Julio Prado III y El Rorro II

9 junio 2009

De camino al local de reunión Julio Prado se dio cuenta de que estaba nervioso. Notaba su corazón latir, y se descubría suspirando constantemente. ¿Por qué no volvía a casa? Sería más cómodo…

No. No podía volver. Por miedo no. A Julio Prado el miedo siempre le había hecho reaccionar a la inversa. Le hacía correr hacia el monstruo. Y ese día el monstruo era llegar a ese local. Y el camino que a partir de ahí le aguardaba. ¿Un camino sin mucho espacio para dar la vuelta es un buen camino? Seguramente no…

O tal vez si. Julio Prado cerró la puerta a su espalda. Dentro del local había una docena de personas. Él conocía a la mitad más o menos. Entre los que no conocía debía estar el Rorro. No adivinaba quien era físicamente, pero saber que estaba presente era lo que daba peso a la reunión. ¿Pero quién era? Quizá aquel que lleva la voz cantante…

El Rorro es aquel otro. El que habla menos, se dijo Julio Prado con seguridad. Habla poco pero cuando lo hace todo el mundo escucha atentamente. De hecho la conversación va girando y avanzando a base de sus palabras. Por eso las mide. Porque sabe que aquí pesan más que las de los demás. Quiere mantener la balanza equilibrada, pensaba admirado Julio Prado que, ya lo decía su madre, sabe mirar. Y veía como ya se iba acercando al camino que intuía. ¿Muy estrecho? Demasiado…

Da igual. Julio Prado ya estaba andándolo. Aun escuchaba latir su corazón, pero ya no suspiraba. Caminaba determinado hacia delante. Aunque de vez en cuando mirara de reojo al Rorro. A Rogelio Rodríguez El Rorro. Aproximadamente de su edad pero con mucho tiempo a las espaldas en ese camino sin retorno. Y Julio Prado, claro, se lo notaba en la mirada. Donde se notan esas cosas.

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Candela Delgado II

18 mayo 2009

Candela Delgado tiene dos clases de secretos. Por un lado están las cosas que no le cuenta a nadie. Por otro lado las cosas que a nadie le contaría. En el primer grupo está todo lo que le pasa, todo lo que piensa, todo lo que conoce y todas las preguntas que se hace. La soledad viene con ese suplemento, a nadie cuentas nada.

Pero hay dos pequeños secretos que Candela Delgado diferencia de los demás. Dos secretos que lo seguirían siendo aunque la soledad no los hubiera protegido. Aunque de la nada surgiera alguien y se interesara sobre su vida, no tendría sentido contarlo. Se sentiría ridícula. Porque lo consideraba ridículo. Lo que le pasó. Ridículo. Que se convirtiera en secreto. Ridículo.

Los dos secretos se parecen pero no se deben confundir. Uno lo tuvo durante un tiempo. Era muy simple. Estaba enamorada. O muy complicado. Y lo ocultó. La persona de quien se enamoró, como siempre la no indicada, nunca se enteró. Nunca nadie se enteró.

Ahora ese secreto ya ha desaparecido. Murió como muere cada segundo cuando llega el siguiente. Candela Delgado ya no oculta que está enamorada, ahora oculta que se enamoró. Que se enamoró en secreto y que en secreto se desenamoró. Y no es lo mismo. También le provoca lágrimas pero no es lo mismo. Ni mucho menos lo mismo. Aunque Candela Delgado no logre decidir que es peor.

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Mercedes Prado y Julio Prado II

27 abril 2009

Mercedes Prado le robaba unos minutos al tiempo y con la luz apagada se asomaba a la ventana para ver jugar a su hijo en la plaza. El olor del estofado iba poco a poco adueñándose del piso.

Julio Prado se esforzaba porque la pelota no entrara entre dos montones de abrigos. Y se acordaba de su padre. Sólo jugando al fútbol lo hacía. “Tú piensa que es una bola de chocolate y que si la alcanzas es para ti” Aún seguía pensando en la pelota como un dulce cuando le iban a chutar. Su padre nunca se puso de portero para que él fuera el que chutara. Su padre era un cabrón. Julio Prado lo sabía.

A Mercedes Prado le gustaba mirar a su hijo para comprobar que nada tenía que ver con su padre. Ojos bien abiertos que miran para comprender. Un día le pidió que hiciera dos bocadillos en vez de uno porque a un compañero del colegio siempre le quitaban el suyo. Un mes después le dijo que dejara de hacer dos bocadillos, que había pensado en otra cosa. Al día siguiente llegó a casa con la cara ensangrentada.

Mercedes Prado le miraba enamorada desde la ventana. En unos minutos colgaría un trapo rojo del alfeizar y poco después entraría su hijo por la puerta. Se sentía orgullosa y triste. Admiraba a su hijo por unas virtudes que probablemente le iban a poner dífícil encontrar la felicidad. Las madres saben mucho.

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Candela Delgado y Susana Fernández II

10 abril 2009

Toda la riqueza de Candela Delgado son un par de gruesas mantas y el rincón de un callejón donde las abandona cada día convencida de que, contra todo pronóstico, por la noche le estarán esperando.

A Susana Fernández le gusta salir a fumarse un cigarrillo y pasear al perro después de cenar, siempre que no haga demasiado frío. No aprovecha para bajar la basura porque sabe que la mujer que duerme en el callejón suele rebuscar a esa hora en los contendores de debajo de su casa. Y no le es cómoda la situación. Cuando vuelve y escucha a su espalda como se cierra el portal, Susana Fernández se pregunta cual es el límite que hay que alcanzar para que alguien con hambre no permita que a alguien a su lado le sobre comida.

Candela Delgado, al acostarse, recuerda como le gustaba abrazar una almohada para dormir. Pero eso no le quita el sueño. En su diccionario esperanza e incertidumbre son sinónimos. Está cansada. Busca tranquilidad

Cuando Susana Fernández y Candela Delgado se cruzan por la calle se hacen un pequeño gesto de reconocimiento. Decir hola quizá sería demasiado. Sin embargo, en alguna ocasión Susana Fernández ha discutido con sus vecinos cuando han hablado despectivamente de la mendiga del callejón. ¿Acaso os a molestado alguna vez? pregunta.

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El Cortao II

19 marzo 2009

El final de la tarde siempre lo marca el sol tocando el horizonte. El Cortao deja de trabajar y acude a la linde con el camino donde unas piedras están dispuestas para sentarse. Allí es también donde a mediodía come. Antes de alcanzar las piedras rescata una bolsa de cuero que medio esconde cada mañana en el hueco de una achaparrada carrasca. Saca una cantimplora y echa un largo trago de agua antes de colgarse la bolsa al hombro.

De la misma bolsa, donde suele quedar algo de comida, extrae un reloj que se pone sin siquiera mirar la hora. Hace tiempo que se lo empezó a quitar cuando llegaba al campo porque no le gustaba la marca blanca que se le quedaba al pasar tanto tiempo bajo el sol. A su mujer le hace mucha gracia tanta coquetería y siempre le dice que es el sol el que le marca donde no lleva reloj. Con el reloj puesto se sienta de espaldas al ocaso. Delante de él su sombra, aunque ya borrosa, apunta hacia el pueblo. Sólo asoman el campanario de la iglesia y el silo de trigo. Se acuerda de que hace varios días que perdió la navaja y sin moverse busca con la mirada por el suelo. Incrédulo vuelve a mirar por enésima vez dentro de la bolsa.

A veces voy en su búsqueda y me siento un rato con él. La última vez lo pillé con un puñado de tierra en la mano, mirándolo pensativo mientras lo dejaba escapar poco a poco entre los dedos. Me contó que el precio al que le pagaban los ajos había bajado mucho. Imaginé lo que pensaba. La misma tierra y el mismo trabajo que siempre pero que este año valía menos. No dije nada. Él levantó la mirada y me explicó resignado que la economía para él es como la lluvia. Unos años están bien, pero otros años vienen malos. Nada puede hacer. Trabajar.

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Susana Fernández y Julio Prado

16 febrero 2009

Lo han matado, decía Susana Fernández sin sombra de duda. Julio Prado la escuchaba pero no quedaba convencido. Aun así permanecía callado. Se alegraba de que Susana Fernández pensara eso. No la quería ver como una muerta viviente con el mal de la esperanza metido en las entrañas.

Las entrañas de Julio Prado, por el contrario, si estaban infectadas. No había esquina que doblase sin preguntarse quien aparecería al otro lado. No sonaba el teléfono sin que a su cabeza viniese ese quien, ese nombre, ese mote.

Susana Fernández y Julio Prado no superaron nunca la perdida. Han sido desde entonces dos personas tristes. Julio Prado, además, desesperó. Y enloqueció. O algo así. Ahora ni siquiera sabe quien es, o al menos no le importa. Va agarradito del alcohol que además de librarle de la esperanza le ha otorgado el don del olvido.

Susana Fernández lo ve y le envidia. Las cosas que pasan.

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El Rorro y Mateo Romero

27 enero 2009

Rogelio Rodríguez, el Rorro, murió arrodillado, con las manos esposadas a la espalda y los pies atados. El hombre que le disparó nunca volvió a hacerlo sin encapuchar previamente a su victima. Con el tiempo incluso dejó de matar.

El Rorro se dio cuenta de que iba a morir al minuto de ser asaltado en la calle y metido a empujones en un coche donde entre dos hombres lo inmovilizaron antes de que le diera tiempo a abrir la boca. No hay posibilidad de volver, pensaba el Rorro esperando en vano que le vendaran los ojos.

Mateo Romero vestía de uniforme cuando empuñó el arma y apretó el gatillo. Con uniforme es mucho más fácil matar, como si la carga de conciencia que significa quitar una vida se diluyera entre todos los que visten tu mismo uniforme.

El Rorro no llevaba uniforme, pero no dudaba de que Mateo Romero miraba hacia fuera desde el suyo, lo que era un problema porque desde el punto de vista de un grupo no ves a nadie, sólo más grupos. El Rorro sabía que Mateo no veía a Rogelio Rodríguez al otro lado del cañón de su pistola. Por eso hizo lo único que podía hacer. Mirarlo a los ojos. Allí estás tú. Y aquí estoy yo. Que supiera que a Rogelio Rodríguez no le estaban matando, que a Rogelio Rodríguez le está matando Mateo Romero.

Mateo Romero se llevó de la escena los ojos del Rorro metidos en su cabeza para siempre. Y no está contento con ello. Le hacen infeliz.

Rogelio Rodríguez sigue sin vida, cosas de la muerte que no es banal como bien sabe Mateo Romero.

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