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El Cortao II

19 marzo 2009

El final de la tarde siempre lo marca el sol tocando el horizonte. El Cortao deja de trabajar y acude a la linde con el camino donde unas piedras están dispuestas para sentarse. Allí es también donde a mediodía come. Antes de alcanzar las piedras rescata una bolsa de cuero que medio esconde cada mañana en el hueco de una achaparrada carrasca. Saca una cantimplora y echa un largo trago de agua antes de colgarse la bolsa al hombro.

De la misma bolsa, donde suele quedar algo de comida, extrae un reloj que se pone sin siquiera mirar la hora. Hace tiempo que se lo empezó a quitar cuando llegaba al campo porque no le gustaba la marca blanca que se le quedaba al pasar tanto tiempo bajo el sol. A su mujer le hace mucha gracia tanta coquetería y siempre le dice que es el sol el que le marca donde no lleva reloj. Con el reloj puesto se sienta de espaldas al ocaso. Delante de él su sombra, aunque ya borrosa, apunta hacia el pueblo. Sólo asoman el campanario de la iglesia y el silo de trigo. Se acuerda de que hace varios días que perdió la navaja y sin moverse busca con la mirada por el suelo. Incrédulo vuelve a mirar por enésima vez dentro de la bolsa.

A veces voy en su búsqueda y me siento un rato con él. La última vez lo pillé con un puñado de tierra en la mano, mirándolo pensativo mientras lo dejaba escapar poco a poco entre los dedos. Me contó que el precio al que le pagaban los ajos había bajado mucho. Imaginé lo que pensaba. La misma tierra y el mismo trabajo que siempre pero que este año valía menos. No dije nada. Él levantó la mirada y me explicó resignado que la economía para él es como la lluvia. Unos años están bien, pero otros años vienen malos. Nada puede hacer. Trabajar.

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2 comentarios

  1. Así es el trabajo del campo. Qué duro y cuántos sinsabores! Pero a pesar de todo es una de las cosas que más me gustan. La tierra es la madre que nos alimenta. Por poco que tengamos, si poseemos un huerto y unas cuántas gallinas podemos disfrutar de la vida. Me gusta el pueblo, aprender la hora por la posición del sol, los atardeceres, que allí no existe el tiempo, el huerto de mi suegro que más parece un vergel, cosechar lo que toque en ese momento… Siempre tiene algo, aunque sean coles, patatas, ajos y celbollas. Lo mejor son los tomates, no se parecen en nada a los que venden en las tiendas.
    Mi suegro me enseña todos los días que hay que respetar la tierra.

    Un besazo


    • Tierra es lo que somos. Tierra que por un breve momento se levanta pretenciosa con la vista fija en las estrellas y olvida lo que es. Lo que volverá a ser. Tierra.

      Espero que el sentido común plante batalla a la eficiencia, la imagen, el mercado, la competitividad… los tomates del huerto de tu suegro no pueden convertirse en historia.

      Un abrazo enorme.



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