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Ding dong

7 diciembre 2009

Cuando sonó el timbre de la puerta, la vieja supuso que llamaban a algún otro piso de la misma planta. Se estaba incluso felicitando por conservar tan bien el oído a sus años cuando sonó por segunda vez. Y empezó a dudar.

No puede ser, se dijo mientras empezaba a analizar la situación. Su marido se tendría que haber despertado tras quince años muerto y además haber podido escapar del nicho para luego, tras una hora de camino, llegar a su puerta. Eso sí, la vieja no dudaba de que ahí sería el primer sitio al que él iría. Pensar eso le gustó, pero no le llevó a engaños, era improbable que su marido estuviera detrás de la puerta.

Y mas raro aun sería que se presentase allí su hija. Hacía más de una año que no la veía. Huyó del domicilio familiar antes de que las diferencias fueran irreconciliables y volvía muy de vez en cuando. Nunca para mucho tiempo, a los dos días metía a los nietos en el coche y les pedía que se despidieran de la abuela. Justo a tiempo para que un par de años después una nueva visita fuera pensable. Además había hablado con ella dos semanas antes y no le había comentado que pensara visitarla. Su hija no era.

Y su hijo tampoco. Murió hace mucho tiempo. Dolor. Tema cerrado.

De nuevo se encontraba dudando si el timbre había sonado. Y de nuevo sonó. Dejó la bufanda a medio hacer en la mesilla y se levantó trabajosamente del sillón. Intentó acordarse de alguna noticia del tablón de la comunidad que se le hubiera escapado de la memoria pero no cayó en nada. Así que se vistió con una mala cara y preguntó quien es esperando escuchar la voz de un vendedor con la indudable intención de engañarla.

Abre Rosa, escuchó. ¡Su nombre! La palabra mágica, la fórmula secreta que convirtió todas sus reticencias en curiosidad. Abrió inmediatamente y, tras unos segundos de medida sorpresa, se retiró para dejar paso: Ah, tú.

¿Me reconoces anciana? Dijo incrédulo el ángel de la muerte, a lo que la vieja no contestó. ¿Si me conoces por qué me abres paso? sabes que no soy yo el que ha de entrar a tu casa sino tú la que ha de salir.

La vieja se acerco a la mesilla, agarró la bufanda, la bola de lana y las agujas de ganchillo y saliendo por la puerta dijo: Venga vamos.

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15 comentarios

  1. ¿Qué le diré yo a la muerte cuando venga a visitarme? En vez de las agujas de ganchillo pillaré la botella de ron…y le diré que, por favor, que el viaje sea muy largo…

    saludos


    • A mi me pillará con la de whisky en la mano, y lo primero que voy a hacer es romperle la botella en la cabeza. Le guardo cierto rencor.
      Saludos.


  2. La vejez siempre me ha dado curiosidad… ¿Llegaré? Desde mis treinta años la muerte se ve lejos, y aunque la realidad es que puede venir a buscarme y sorprenderme en cualquier momento, siendo joven nos podemos permitir el lujo de no pensar en ella. Pero supongo que a cierta edad, empieza a ser inevitable pensar en ella, van muriendo los amigos, y se deja de mirar al futuro para mirar al pasado. Algunos llegan con la mirada serena, y esperan a la muerte con tranquilidad y sin dramatismos, aunque quienes estemos al lado no queramos ni pensar que un dia de estos, pasará.


    • Recuerdo que cuando era muy pequeño no podía dormir por las noches pensando en la muerte, aunque no la viera cerca. Y lloraba desconsolado durante horas. Ya no me pasa.
      ¿Temo menos la no existencia? ¿O valoro menos la existencia?
      Si llego a viejo y la intuyo cerca ¿mantendré la mirada serena como dices? De verdad que espero que sí (lo de la mirada serena más que lo de llegar a viejo), por que lo contrario tiene que ser una tortura.


  3. Me ha encantado el pensamiento éste de “su marido se tendría que haber despertado tras quince años muerto”. JAJAJA.
    Un texto de un humor exquisito.

    A mí si me viene la muerte, espero,como esta señora, haberlo dejado todo bien atado. Yo me llevaría el portátil en una mano para escribiros desde el más allá (y la botella de ron en la otra 😉 ).


    • Lo triste es que no vale decir “si me viene la muerte”, sino “cuando me venga la muerte” ¿no?
      Eso, no te olvides el portatil, y te exijo asiduidad, una entrada diaria a poder ser.
      Un besazo eme!


  4. Cuando llegue la muerte, no me gustaría pensar (si la Dama Guadaña concede segundos a la reflexión) en las cosas que no intenté, la gente que no amé y todo lo que no aprendí… por miedo.

    Y querría llevarme el recuerdo de personas, lugares, olores y sabores que habitan la vida, para joder a la Muerte de envidia. Luego, cuando ella estuviera deprimida de todo lo que se está perdiendo en su eternidad insípida, la invitaría a un trago (el mío sería wisky doble, total, ya no tendría que cuidarme el hígado)y le diría: “en fin, no te amargues. Total, tu profesión es jodida pero, a fin de cuentas, necesaria. Si tú dimites, ¿quién va a darle trabajo a la Vida?”.

    Y esto me recuerda a un libro del gran Saramago, “Las intermitencias de la muerte”. Ya que no podemos evitarla, nadie nos quita el ironizar con ella.
    Besos…


    • Aunque, pensando en tal ambicioso proyecto, ocurre que no se puede hacer “todo” y que la vida (que no la muerte) es elegir, y una opción siempre implica ‘dejar’ la contraria.(Ojalá pudiéramos llevarnos todos los caminos en la maleta…)


      • Sigue sin quedarme claro que elijamos nuestro camino mucho más que las piedras el suyo, pero nosotros al menos podemos verlo e ir llenando la maleta durante esos segundos que la Dama Guadaña nos concede que no son otra cosa que lo que nos dura la vida. O algo asi, jeje.
        ¡Un besazo!


  5. Hace pocos dias tuve un encuentro con la muerte. Claro, no fue la mía, si no no escribiría esto. Pero si de alguien muy cercano. Y pensé, mirando su cara y la frialdad que había en toda la habitación, pensé en la vida.Siempre proyectando hacia un futuro que seguirá siendo otro futuro y desaprovechando el instante que pisamos.
    Cuando llegue mi hora solo pido que me coja “confesado”. Quien sabe lo que habrá al otro lado de la barrera.
    Un brindis a tu salud y a la de todos!
    Un abrazo


    • Chin chin! Por el instante que pisamos!


  6. Debemos contar con la muerte, esa “flaca coqueta de aspecto extravagante” que decía Baudelaire. No queda otro remedio. Su llegada siempre nos sobrecoge y hay algo de atroz en su manera de estrecharnos entre los brazos. No existe nada más absurdo, injusto, inasible y difícil de comprender que la muerte. Quizá ahí radique la sagrada belleza de la vida, en su fragilidad, en cómo pende de un hilo.


    • Suscribo cada una de tus palabras Domingo. No se puede decir mejor.


  7. Pues cuando venga a buscarme la muerte, le daré un abrazo, que la pobre tiene un trabajo de mierda y es muy odiada, pero es necesario. Realmente, os imaginas una vida sin ella? Os imaginais un mundo realmente inmortal?


    • Lo que no muere, es que no está vivo. Asi que yo tampoco imagino un mundo sin ella… ahora que su trabajo lo cambiaba de vez en cuando por el mio, que a veces tiene hasta que darle gusto alguna visita de las que hace 😀



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