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Mayor de edad

8 junio 2011

Mi hijo, Gaspar, tiene 72 años. Imaginaos en que posición me deja eso. Desde que se jubiló viene a visitarme de vez en cuando. Muy a menudo más que de vez en cuando. Tanto que le he tenido que dar unas llaves para no tener que levantarme cada vez que se aburre y pasa por aquí. Oigo la puerta metálica de la calle cerrándose y 22 escalones después, hasta cinco largos minutos he medido en ocasiones, escucho tintinear las llaves en el rellano de mi piso. Después de abrir el portal se las tiene que meter de nuevo en el bolsillo porque la única mano que tiene la necesita para apoyarse en la barandilla. La otra mano la perdió hace un par de años cuando se compró un bastón al que lleva soldados los dedos. Vamos que sube a cuatro patas como los perros. Pero sube.

Otros con esa edad están tan bien… pero mi hijo ha envejecido fatal. Muy rápido quiero decir. Entra por fin en mi casa y sin decir esta boca es mía comienza a reducir trabajosamente la distancia que lo separa del sillón en el que siempre se sienta. Una vez alcanzada la ansiada baldosa, la que está a los pies del mencionado sillón, se gira 180 grados. Y no creáis que es como un tornado. Lo hace a base de pequeños pasitos hasta que consigue colocarse de espaldas a su destino. Se detiene un segundo para cerciorarse de que tiene la posición adecuada e inicia su caída. Esta, si los cálculos han sido correctos, acaba con un sonoro suspiro y con mi hijo por fin sentado. Es deprimente, no digáis que no, que ese hombre del que estoy hablando esté visitando a su padre. A su anciano padre. A mi.

Sus hijos, mis nietos, volaron del nido hace tiempo. Imagino que él de vez en cuando habla con ellos. No le pregunto por si acaso no fuera así. Me gustaría verlos, seguro que ellos suben los 22 escalones en cuatro saltos. O quizá en ocho. Que tampoco deben ser hoy los niños que eran cuando sí los veía. No tengo ni idea de si hay por ahí alguna especie animal en la que los abuelos cuiden a los nietos como hacemos nosotros los humanos. Pero tampoco es que yo sepa mucho de esas cosas. No tengo ni idea de por qué cuento todo esto. Ya digo que hay algo que no me cuadra. Y hablo porque enarcar las cejas durante años parece no ser suficiente para que las cosas empiecen a cuadrar. Vale que hablando probablemente tampoco, pero a ver si cae del cielo un iluminado, me oye y decide montar delante mío el rompecabezas.

Paso la tarde escuchando a mi hijo hablar sobre quien se ha encontrado por la mañana en la sala de espera del médico, su segunda vivienda. A mi hijo. ¿Me comprendéis? No le perdono que sea viejo. Y sin embargo es a ese hombre al que le tengo que recordar cuando viene que no se olvide de mirar el buzón. Por si hubiera algo para mi. Yo no puedo bajar las escaleras. Ni a cuatro patas. Algo para mi en el buzón. Otro crédito instantáneo. Otra felicitación anual de la óptica por mi cumpleaños. Le hacemos una graduación gratis. Otra cosa os diría yo que me hicierais.

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3 comentarios

  1. 🙂


  2. Vértigo me da imaginar esas cifras de tiempo: mi hijo con 72 años, yo con… (ya no sería posible, mucho tiene que avanzar la ciencia para que yo supere los cien años, o mucha prisa tendría que darme en ciertas cosas para que pueda darse esta relación!)

    Ver a tu hijo “viejo” es una de esas cosas innaturales que debe ser difícil asumir, lo mismo que sentirte tan o más anciano que tu padre o madre. Si el que aquí habla está atónito, imagina como estará Gaspar, cuya progenie también debe rozar ya los cuarenta!

    Me acuerdo de mi bisabuela del campo, “matriarca” de un clan campesino y reina de su casa en lo alto de un cerro. Recordaba, con 102 años que tenía al morir, los nombres de todos y cada uno de sus hijos, nietos, y no pocos bisnietos. De pequeña, ya me parecía una especie de diosa a la que nunca podría emular…

    Besos, muchos


    • Nuestra larga senectud nos diferencia de la mayoría de nuestros compañeros animales. Se puede decir que somos unos privilegiados, pero también se puede decir que debimos hacer algo muy malo en una vida anterior.
      ¡Muchos besos!



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