Archive for the ‘De visita’ Category

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En punto muerto

24 mayo 2010

Si tengo suerte acabaré como él. Llegaré a viejo y saldré a pasear por las mañanas ayudándome de un bastón. Puede que alguien se asome a una ventana, como yo hago ahora mismo, y me observe desaparecer tras una esquina, y pensará que allá voy, tan bien vestido como siempre aunque lleve años solo, paseando el tiempo por las calles a paso lento. Después de haber vivido tan rápido.

Eso haré si tengo suerte. Deambular para no tener que acordarme de ella, porque ni tocarla con el recuerdo querré por si cambio algo. Me dedicaré solo a imaginarla amaneciendo nuevos días y caminando nuevos lugares. Así serán mis horas si tengo suerte y me queda algo de papel en blanco cuando ya no tenga ni lápiz ni ganas de seguir escribiendo.

Esperaré paciente a que alguien allí arriba cierre el libro de tanto esperar a que aparezcan nuevos párrafos. Se aburrirá como yo me aburriré si tengo suerte y el dolor me lo permite.

Inspirado en “Standby”, de Extremoduro, introducida por “Ideario” de Francisco M. Ortega

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La señora Matilde

6 abril 2010

La señora Matilde no perdona a nadie porque a todo el mundo comprende. Es por ser madre. Lleva muchos años siéndolo, muchos años queriendo sin condiciones ni adjetivos ni mayores razones.

Sube muy despacio las escaleras hasta su piso. Lleva dos bolsas de plástico en ambas manos y no puede ayudarse de la barandilla. Los niños no saben ir de peldaño en peldaño y uno, el del cuarto, va detrás de ella asomando la cabeza buscando hueco. La señora Matilde se aparta cuando llega al rellano para que puedan adelantarle. El niño se frena y le pregunta si le ayuda con las bolsas. Esto último es mentira pero podía haber pasado.

La señora Matilde tiene dos hijas y ninguna es feliz. Vienen poco a visitarla y siempre por separado porque además no se llevan bien entre ellas. Ella les miente hablándole a cada una de la otra e inventándoles virtudes que ella piensa que podrían acortar distancias entre hermanas. Ellas se dan cuenta y deciden al menos delante de su madre simular que se quieren. También esto es mentira pero también podía haber pasado.

Que no son felices, sus hijas, lo sabe tanto la señora Matilde como todo el mundo que le mire a los ojos. Los de las madres suelen hablar de la felicidad de su hijos más que de la propia. De sus hijas en este caso. La señora Matilde no las juzga, y si busca motivos para sus actos es para explicárselos a los demás. A ella no le hacen falta. Por eso comprende que cada uno es cada uno y que ya bastante tenemos con eso. ¿A quien tiene ella que perdonar?

Inspirado en “El mundo sigue”, de Fernando Fernán Gómez.

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El combate

8 marzo 2010

¡Atención señoras y señores! Atención que está a punto de sonar de nuevo la campana. Va a comenzar un nuevo asalto. Les recuerdo a los combatientes.

En una esquina del cuadrilátero podemos ver el patio de un colegio. Unos profesores han organizado una pequeña celebración y decenas de niños y niñas de entre cuatro y seis años están jugando a colorear con tintes el agua y distribuir botellas de colores por todo el suelo. El pequeño Jorge no para de intentar cambiar el color del mismo recipiente, Sara intenta formar letras con botellas rojas y Paquito, sin parar de reír, se dedica a correr entre el arco iris todo lo rápido que puede pero intentando no tirar ninguna botella.

Y enfrente, al otro lado del cuadrilátero, está lo que hay fuera de la valla de ese colegio. El padre de Fermín lleva buscando trabajo más tiempo del que se atreve a mencionar, Sonia y José, los padres de Belén, son ambos alcohólicos aunque es Sonia la que algunos días aparece con golpes en la cara, y Enrique está empeñado en trasladar a su hija María a un colegio privado donde no esté expuesta a la influencia de cualquiera.

Ajústense bien los guantes y colóquense el protector de dientes. Recuerden que en este pabellón, cuando suene la campana, no hay espectadores.

Inspirado en “Hoy empieza todo”, de Bertrand Tavernier.

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Cirugía moderna

19 enero 2010

Déjelo doctor, tengo miedo de volverla a encontrar. Y sin el dolor no tendría con que defenderme frente a ella. Si accedo a operarme y quita usted todo su rastro de mi cabeza, si me limpia de sus recuerdos, ¿que pasará cuando la vuelva a ver por primera vez?

Sus ojos clavados en los míos. Mi cuerpo dentro del suyo. Las nubes bajo los pies y… No. Otra caida así no. Prefiero arrastrarme por el suelo como hago ahora. Ya se que no estoy bien, pero lo peor, lo duro, fue el aprendizaje. Y no es que esté orgulloso, preferiría no saber lo que sé, que nada hubiera pasado, o mejor que nada pudiera pasar, pero eso no lo consigue su cirugía, hasta ahí no ha llegado la ciencia. Asi que no, doctor, escojo asegurarme de que no volverá a pasar. Y para eso no es que necesite el pasado, lo que necesito es que me duela hoy, y, ya le digo, me da miedo que no sea así si usted me arranca ese trozo de memoria.

Imaginese que ella también se opera, que me borra al igual que yo a ella, y que mañana nos sentamos al lado en el metro. Ni siquiera puedo estar seguro de que lo que ahora recuerdo solo haya pasado una vez. Usted me lo diría, ¿verdad Doctor?. Déjelo. Sigo con los antidepresivos. Sigo dejando que pase el tiempo. Puedo hacerlo. A ver donde me lleva.

Inspirado en “Olvidate de mi”, de Michel Gondry.

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Efectos secundarios

30 diciembre 2009

Mi hermano era un tipo feliz. O al menos de esos que al ser preguntados se definen como felices. Por la mañana, a las ocho en punto, se sentaba a trabajar con una sonrisa y ganas de hacer bien su labor. Dos horas después cogía la chaqueta del respaldo de la silla y acudía a la cafetería. Desayunaba con cuidado, quejándose orgulloso de como su mujer le mataría si apareciese en casa con la camisa manchada. Le encantaba su mujer. Su cómplice perfecta y necesaria. Guapa y con la sana intención de caer bien a todo el mundo. Como él. Tenían dos hijos, y aunque los dos eran varones, no se puede pedir todo, a los dos los adoraba. Los domingos por la mañana iba con ellos a limpiar minuciosamente el coche. Después no lo metía en el garaje sino que lo dejaba en la puerta de su casa hasta por la noche. En la urbanización nunca había problema de aparcamiento.

El problema empezó cuando en su trabajo quedó vacante la plaza de encargado. Mi hermano se quedó fuera de la selección tras hacer el test psicotécnico. Eso no le cuadraba en el guión. Comenzó a hacer compulsivamente crucigramas, sudokus y tests para calcular su cociente intelectual. No lograba que fuera aceptablemente alto. Y justo en aquella época aparecieron aquellas pastillas. Parecía que iba a ser la revolución. La gente no se atrevía a probarlas, más vale no tocar el cerebro decían, pero él no lo dudó. Tenía que arreglar el fallo de guión.

Funcionaban. La mejoría en los resultados de los tests lo decían. Pero había efectos secundarios. El tedio apareció en el trabajo, las buenas caras de sus compañeros ahora le parecían hipócritas, no dejó de querer a su mujer e hijos, o eso creía, pero no conseguía tiempo para hacer lo que quería hacer, o para pensar que quería hacer, por que eso es lo que ahora sentía que necesitaba, pensar que quería hacer. Quizá lo primero sería mudarse. Un cambio de aires. Pero su familia no lo iba a ver tan claro. El guión se complicaba.

Mi hermano supo parar a tiempo. Dejó las pastillas antes de que sus efectos fueran irreversibles. Aunque no ha recuperado del todo la felicidad. No logra olvidar completamente lo que pasó.

Inspirado en “Flores para Algernon”, de Daniel Keyes.

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Cuentas pendientes

11 diciembre 2009

Ten cuidado niña, no debe quedar mucho tiempo para que vengan unos hombres a hablar contigo ¿Lo han hecho ya? Supongo que no, todavía es serena tu expresión. Vendrán en coche, uno que a ti te guste, te conocen, sabrán si elegir uno oscuro y elegante o uno más juvenil y deportivo, bajarán de él con una sonrisa y te será imposible no escucharlos. Ten cuidado, insisto, por que van armados de razones. Con una lógica inquebrantable te explicarán como ahora mismo desperdicias tu tiempo. Te harán ver como cada día se te van horas haciendo cosas que no valen para nada y acto seguido, calculadora en mano, te enseñarán como no perder esas horas. El tiempo es finito, eso ya lo sabes, pero cuando se vayan además sabrás como ahorrarlo, como emplearlo eficientemente para que cuando cada noche te acuestes puedas calcular cuantos minutos has ahorrado gracias a sus técnicas.

Pero te advierto niña, no me perdonaría si no lo hiciera, que el tiempo no se puede ahorrar, no se puede guardar para luego recuperarlo, es como intentar que no se escape el agua de un colador. Gasta tu tiempo cuando lo tengas porque cada segundo que pasa se despide de nosotros para siempre.

No hablo por hablar. No te enseño por vergüenza la cuenta del tiempo que yo he ahorrado. Supongo que me debo considerar rico. Y en efecto he ganado mucho dinero. Y he gastado otro tanto. Soy el ejemplo que te mostrarán para demostrar sus teorías, la sonrisa tras el cepillado dental, el éxito que perseguir, pero te advierto niña que algo falla, que miro atrás y me digo, vale, lo has hecho bien, no has perdido el tiempo, pero lo que es vida tampoco encuentro, y ahora quien me devuelve a mi ni un minuto de esos que tan eficientemente ahorré. Casi mejor, niña, me avisas cuando los veas venir, que tengo ciertas cuentas que arreglar con ellos.

Inspirado en “Momo”, de Michael Ende.

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Un par de segundos

29 noviembre 2009

Me detuve un segundo antes de entrar. Detrás de esa puerta me esperaba el final de una historia que duraba ya mucho tiempo. Y por fin el comienzo de una nueva vida.

Habían sido años de investigación hasta que localizamos donde se escondía la gente que arruinó nuestras vidas. No dudaron en intentar pisarnos cuando tiempo atrás su camino tropezó con el nuestro. Nos pudimos defender, tuvieron que retirarse con el rabo entre las piernas, pero la sangre no es fácil limpiarla de la memoria.

Habían sido años de entrenamiento físico los que hicieron posible que llegara hasta allí. Años de privaciones desde que fui elegido para colarme en la boca del lobo. Me hice más fuerte, más rápido y más silencioso mientras el tiempo apremieba por el miedo a ser atacados de nuevo.

Habían sido años de preparación mental. Y por eso abrí la puerta tranquilo y levanté el arma sin temblar. Estaban los dos a los que buscaba y les dejé que me mirasen. Lo tenía bien planeado, sabía que me reconocerían. Quería que al menos durante un par de segundos pensaran en por qué ese era su último par de segundos. Pero uno habló. Se dirigió a su compañero pero hablaba consigo mismo. No nos han perdonado, se dijo con tristeza. Y disparé.

Y comenzó una nueva vida. Sin miedo. Sin amenazas. Y con un par de segundos que no paran de sucederse una y otra vez en mi cabeza. Y van siendo ya muchos años.

Inspirado en “El Juego de Ender”, de Orson Scott Card.