Posts Tagged ‘Amor’

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El frigorífico

22 julio 2011

— Deben ser felices
— ¿Si?
— Yo creo que si. Tienen un montón de imanes en el frigórifico.
— Eso no significa nada.
— Sólo he visto la entrada y la cocina. También tienen colgado un examen de matemáticas con un sobresaliente, debe ser de su hijo. Y todo está muy limpio. Y tienen una  licuadora. Y felpudo.
— Si son felices es porque se quieren, no por como decoren la casa o por las cosas que tengan.
— Ya.
— …
— Bueno, que cada uno lo intente como pueda ¿verdad?
— A ver si en el proximo viaje que hagamos nos acordamos de comprar un iman. Podriamos coleccionarlos.
— Claro. Buena idea.
— …
— ¿Eres feliz?

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El rompeolas

5 febrero 2011

Mi hijo murió hace dos semanas. Tenía 52 años. 52 años que ha dejado aquí abandonados para que yo los pueda repasar uno a uno. Él se ha ido como en un truco de magia, tirando una bomba de humo, y cuando se podía ver de nuevo el escenario allí estaban tirados sobre las tablas. 52 años. Uno a uno. Los recuerdo uno a uno.

Eligió una muerte rápida. No entraré en detalles pero eligió una muerte rápida. Igual que yo he elegido una lenta. Yo llevo 20 años con bastón y a él no le ha llegado a doler una articulación. Menudo cabronazo. Lo sabía desde el principio el cabronazo. Desde que empezó a hablar. Recuerdo que al poco de aprender a montar en bicicleta tuvo una caída terrible, se hizo una herida enorme en el brazo y cuando días después fui a quitarle el esparadrapo le pregunté si despacio o rápido. Él me miró extrañado, ¿Quién puede preferir despacio?, eso se preguntaba, estoy seguro, y aun no levantaba un palmo del suelo el muy cabrón, Del tirón papá, del tirón, decía…

Ay Dios mío, Fernando, como te echo de menos…

 

Si solo…

 

No sé, sólo hablar una vez a la semana y que me cuentes con prisas en que andas…

 

Ayer…

Ayer repasando fotos antiguas me encontré con una que debe ser anterior a que Fernándo naciera. Creo que es una postal que me regalo Julia, mi mujer, su madre, cuando éramos novios. Ella murió en el parto. El caso es que reconocí la zona que sale en ese amanecer, un rompeolas que hay algo después de acabar el paseo marítimo. Esta mañana he ido a andar por allí, si a lo que yo hago se le puede llamar andar. Las olas seguían reventando sobre las rocas y el agua resbalando por sus grietas de vuelta al mar. Incansablemente. Por las mismas grietas una y otra vez. ¿Cuántas veces desde entonces? ¿Cuantas millones de veces el agua ha resbalado por esas grietas desde que nació Fernando? Da igual. Si me fijo en una roca concreta no logro hallar ni una pequeña diferencia en su forma actual con respecto a la foto. Hablan de la fuerza del agua, pero es mentira. Lo que tiene fuerza es el tiempo. Da igual que sea agua, el aire de mis pulmones o las pisadas del insecto más pequeño. Lo único que hace falta para cambiar algo, o incluso para hacerlo desaparecer, es tiempo. Y para esa roca no ha pasado ni un segundo. Ni un puto segundo. Tengo que volverme a fijar. Tiene que haber alguna diferencia. Sería injusto que no la hubiera.

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Trenes

29 diciembre 2010

− Manolo tengo una metáfora que explica lo que me pasa. La leí ayer. Debe ser que es bastante común.

Manolo no escucha nada, y no sólo por la lápida que sella el nicho en el que está, sino porque perdió el oído hace un mes, nada más morir.

− ¿Recuerdas que decíamos que habíamos logrado parar el tiempo? Pues no era así. Era únicamente nuestra perfección. No, espera, esa no era la palabra. ¡Percepción! Eso es. Nuestra percepción. Te explico. Aquí viene la metáfora. Imagíname en un tren que va a toda velocidad y que al mirar por la ventanilla lo que veo es a ti mirándome por la ventanilla de un tren que va junto al mío y a la misma velocidad. Por eso todo nos parecía como congelado, pero no era así Manolo, los trenes iban muy rápido, y ahora que tu tren no está, desde mi ventanilla no veo más que paisajes desaparecer, y sé que en realidad siempre fue así, los paisajes siempre estuvieron apareciendo y desapareciendo. Desde el principio. Y nosotros no los veíamos. Pero no te deprimas Manolo, no me tengas envidia, ahora soy consciente del paso del tiempo pero entiendo más bien poco de lo que veo. Supongo que ya es tarde. Ha sido mucho tiempo avanzando a ciegas como para ahora saber ubicarme. Y echo de menos tu tren. A ti en tu tren. Me parece todo tan fugaz…

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La noche me confunde

17 noviembre 2010

Estaba borracho. Sé que no es excusa pero intenta comprenderme. No tengo mucha experiencia en relaciones de este tipo. No se me ocurre el calificativo, ¿estables? ¿duraderas? No quiero que pienses que lo digo despectivamente. No es así. Esta vez no. Créeme. Pero estoy asustado, eso es verdad. Me siento dependiente y eso me asusta. Y estaba borracho. Tú sabes que el alcohol libera extraños instintos que incluso a uno mismo le cuesta comprender. Ni siquiera sé si he de pedirte perdón ni si esto cambia las cosas. Pero he de contártelo. No puedo callar y tragármelo yo solo aunque en el fondo sepa que eso sería lo mejor. O lo más práctico al menos.

Estaba borracho. Hacía mucho tiempo que no veía a aquella gente y todos estábamos borrachos. La música de ese bar es especial. La pincha un tipo como si nada, mientras atiende parte de la barra, y sin embargo parece que cada canción es la que tiene que ser y ninguna otra. Primero no te la esperas pero luego piensas que no podía faltar y que no tendría sentido que no hubiera sonado. Y uno la baila o al menos la bota y la grita como puede, intentando que no se te caiga mucha parte de la copa. Imaginate la escena. Todo el mundo riendo, no existe nada puertas afuera, y el alma levanta los pies del suelo, se anulan los miedos y pasa lo que tiene que pasar.

Estaba borracho. Y no digo que de otro modo nunca hubiera sucedido. Pero aquella noche estaba muy borracho. Y en medio de todo aquello, mientras tatareaba algún estribillo, no recuerdo cual, sucedió. Me acordé de ti. Pensé en ti. Pero ahí no queda la cosa. Eso podría ser normal. Lo gordo es que te vi durmiendo a un millón de kilómetros, acurrucada en el calor bajo las mantas, descansando tras uno de esos días agotadores que me narras por teléfono, y como un relámpago me cruzó el deseo de estar bajo esas mantas, y sentí tu calor y se me estremeció todo el cuerpo con solo ese pensamiento, y me costó luego un buen rato volver a aquel bar, y además ya no volví igual.

Estaba borracho. Perdona que insista. Ten en cuenta que quizá fue solo eso. Una enorme borrachera. Pero sigo siendo el mismo. No creas que se me ha ido la cabeza o que me he hecho viejo de repente. Sigo siendo el mismo. Creo. Quizá alguna pequeña diferencia pero el mismo. Pequeña pero irrenunciable. Eso también es verdad.

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Cruce de caminos

26 octubre 2010

La vieja, con abrigo largo y un perro pequeño tomado en su brazo izquierdo, aparece mientras descorre la cortinilla del fotomatón. Al salir va diciéndole algo tiernamente al perro. Después parece quedarse en silencio mientras espera que las fotos se impriman.

Yo sigo mi camino evitando que me vea mirarla y al llegar a casa cuento la anécdota durante la cena. Al principio nos reímos pero acabamos hablando de la soledad, de la familia, de la vejez. Al final recuperamos la estampa para poder acabar riendo de nuevo.

La vieja sigue su camino y llega a la clínica veterinaria donde al perro le ponen una inyección letal que acabará con los dolores del animal. La enfermedad terminal ya le impedía incluso andar. La vieja sale sola de la clínica y al llegar a casa esconde la tira de fotos en el fondo de un cajón. Cuenta brevemente a su familia como ha sido la cosa y se dirige a la cama sin cenar y con miedo de no poder apartar de su cabeza la imagen del perro en aquella mesa metálica.

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Autopoda

6 octubre 2010

Está bien, os lo contaré. No había cumplido 30 años cuando empecé a sentirme viejo y a aterrorizarme con la idea de la muerte. No el morir, entendedme, sino la muerte. Fue entonces…

Imaginad que tuviésemos la opción de que se nos ofreciese un año más de vida a cambio de un dedo de la mano. Un año más del tiempo del que nos tocaría por cada uno de los diez dedos. ¿Pensáis que alguien moriría con todos sus dedos? Más bien serían muchos los que no se llevarían al otro lado más que dos muñones al final de los brazos.

Como decía, entonces comenzaron aquellos sueños. Me dormía después de dar mil vueltas en la cama pensando en todo lo que ya no iba a poder hacer. Al final conseguía cerrar los ojos pero sólo para ver como aquella figura se acercaba a mi y me prometía un año de vida, nada menos que un año más de vida, a cambio de renunciar a una parte de mi.

Pero no era por los dedos. Al principio las ofertas eran fáciles de aceptar. Lo primero fue la creencia en amores imposibles. Fuera. Casi me parecía que le estaba engañando. Me fui deshaciendo de capas que parecían no aportarme más que frustración, querer cambiar el mundo, desear volar y demás tonterías. Más tarde, ya sin inquietudes de las que tirar, empecé a renunciar a otros valores. No me pondré pesado describiendo todo lo que ya no soy, pero haceros una idea: lo último ha sido la empatía. No pretendo engañaros. No todas las decisiones fueron fáciles de tomar. El truco está en el orden. Las cuestiones morales no pueden ir al final.

Ahora se que al menos me quedan unos cuantos años por delante, aunque sea mutilado. No me miréis con ese desprecio con el que lo hacéis. ¿Acaso vosotros no habéis hecho igual que yo? Pensad que pasaría si hubierais aceptado renunciar a recordar esos sueños. Yo eso no lo he hecho. Todavía. Por lo demás ¿os veis diferentes a mi?

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Ay Lola

6 septiembre 2010

Ay Lola que te enamoraste otra vez, y que hasta lo admites, que ya es eso estar enamorada, no negarlo siquiera, con todo tu pasado a cuestas Lola, con toda la brasa que me has dado, que lo sabes, con todas esas tardes de ojeras negándote a contarme tus noches en blanco, con toda esa soledad Lola, toda esa soledad de no estar con quien quieres estar, y con toda mi preocupación y mi darle vueltas y vueltas y mira ahora Lola como sonríes, mira como tus ojos me miran culpables porque lo sabes Lola, sabes que de nada valió todo aquello, todo el dolor, que te costaba respirar, Lola, recuerda que me lo decías, que lo sentías en el pecho y yo te creía, y te creo Lola, que así era, y que te jodía saber que nunca podrías volver a volar como lo habías hecho, que el tiempo te levantaría pero que volar nunca más, que era imposible y ya ves Lola, otra vez poniéndote las bragas por la mañana con las manos de quien te las va a quitar en la cabeza, que débiles somos, que frágiles son siempre las alas, todo lo demás son pies en el suelo y de eso nada Lola, que si es verdad que me das miedo aún me das más envidia, que mírate, que yo estoy bien, ya sabes, como siempre, pero te miro y no sé, hazlo tú, mírate bien ahora, que eso es lo que vale Lola y que venga lo que tenga que venir, que vendrá pero que lo mismo ni te encuentra aquí Lola.