Posts Tagged ‘Ciencia’

h1

Fluidos versus sólidos

3 noviembre 2011

Mi colega Klaus, peor físico que yo por cierto, y me aventuro a decir que no sólo cientificamente hablando, llevó a cabo cierto experimento hace un par de años. No lo remitió a ninguna publicación porque el cajón donde guarda las cartas con el “lo sentimos bla bla bla”, el primero empezando por abajo de su escritorio, pide a gritos una ampliación que él no está dispuesto a conceder. Prefiere organizar pequeñas cenas en las que, eso hay que reconocérselo, se trabaja minuciosamente el que no se le cierre el grifo para seguir investigando a pesar de su paupérrima productividad científica. Para ellas hace una espléndida selección de comensales, entre los que por supuesto me encuentro junto a otras eminencias científicas y no menos eminentes altos cargos, científicos o no pero con dinero que repartir, y una exhibición de verborrea digna de ser rodada y distribuida como una clase magistral de encantamiento.

Hace un par de años, como decía, nos contó mientas esperábamos los postres que había ideado un método gracias al cual provocando la alegría de manera controlada en diferentes individuos podía materializar esas sensaciones producidas y recogerlas en recipientes como quien recogiera el sudor que provoca el miedo intenso. Como era de esperar no nos dio información acerca de la metodología, marca de la casa de Klaus, pero si nos habló de los resultados. Las alegrías formaban un líquido que contra todo pronóstico resultaba bastante negruzco. Pero lo más curioso es que la solidificación de dicho fluido no se producía bajando la temperatura sino aumentando la cantidad de materia. Es decir, cuanto más líquido había en el recepiente más viscoso era. Y esto sucedía hasta un punto en el que se convertía en una especie de hielo. Klaus consideraba esto prueba suficiente de que su experimento era un éxito y que, en efecto, esa especie de hielo, esa alegría solidificada, es nada más y nada menos que la felicidad.

Aceptando estos resultados como quien acepta pulpo como animal de compañía y con la copa que hábilmente sucede a los postres estuvimos un rato hablando de las consecuencias e implicaciones del descubrimiento. Quedó explicada por ejemplo, al menos como hipótesis, la insistente búsqueda de la felicidad del ser humano. Esta búsqueda, de innegable existencia por estar documentada hasta la extenuación texto tras texto a lo largo de la historia escrita, parece lógica ya que con el estado sólido alzanzado, es decir con la felicidad hecha una piedra, se consigue garantizar la no perdida de material. Incluso se podría prescindir del recipiente una vez solidificada dicha felicidad. Sin embargo, con el líquido primigenio que forman las alegrías esto no sería posible, ya que resulta evidente que cualquier pequeño agujero puede ser causa de la perdida completa del material obtenido. Así podriamos entender la felicidad como la optimización de circustancias para que las alegrías no terminen pidiendo paso en la alcantarilla más cercana. Hasta ahí el debate fue dinámico pero no acalorado. Otra cosa fue cuando Klaus nos reveló la dificultad que surgió para seguir recogiendo alegrías de los individuos para los que la felicidad había solidificado. La sospecha de que para mantener dicha felicidad no hacen falta alegrías nos llevó poco menos que a las manos. De hecho mi monóculo acabó en el suelo y apareció minutos después profusamente pisoteado, casualmente según me insisten. Estarán conmigo en que las implicaciones de la afirmación son, cuando menos, gravísimas, ya que postulan un individuo feliz como un ente prácticamente inerte.

Finalmente en un arranque de sabiduría y voluntad supimos retirarnos y llevarnos las últimas reflexiones a casa, donde, en mi caso y en el de cualquiera con un mínimo criterio, en el revistero junto al retrete el trabajo de Klaus puede acompañar a la literatura tipo conócete a ti mismo, a periódicos pasados de fecha y a la propaganda del supermercado del barrio.

h1

Castillos de arena

1 junio 2009

Y un día nacemos. O nos nacen como dicen los ingleses. Nos paren y suena el pistoletazo de salida. Los cervatillos tratan de ponerse de pie. Nosotros empezamos con nuestro castillo de arena. Cubo a cubo. Desde que nos dan una palmadita en el culo hasta que nos cierran los ojos.

Sin embargo poco más de 31 años después de empezar a cavar fosos y levantar torres Ettore Majorana hizo algo inesperado. Se alejó unos pasos de su castillo y lo miró. Y Ettore Majorana miraba para ver. Y no le gusto lo que vio. Y decidió no seguir con ese castillo.

El castillo no era pequeño y de hecho sigue en pie. Le bastaron muy pocos años y solo un puñado de trabajos para ser considerado uno de los grandes físicos de toda la historia. Puso la piedra filosofal en campos que aun hoy, 70 años después, siguen siendo las principales vías de investigación de la física y que a la mayoría de los mortales se nos escapan. Es fácil pensar que cualquiera hubiera encontrado la felicidad en algún rincón de torres tan altas. Pero Ettore Majorana no era cualquiera.

Quizá fue cierta frustración en su labor docente. Quizá no encajaba en el mundo científico y sus tareas. Quizá previó con años de antelación lo que podía suponer la física nuclear en manos de Mussolini. Todo elucubraciones. Pero una cosa es segura, Ettore Majorana decidió desaparecer. Y si alguien con su cabeza decide desaparecer, desaparece.

Decidió el camino, el mar. Pero no reveló el destino. Pudo ser una orilla lejana donde empezar otro castillo. Algunas personas afirman haberlo visto en Argentina. Aunque también pudo elegir el fondo del mar.

Antes de embarcar, escribió desde Nápoles una carta donde pedía a su familia como único deseo que no vistieran de negro y que lo olvidaran si pudiesen. Al día siguiente en un telegrama puesto desde Palermo comunicó que el mar le había rechazado y que volvía. Pero no volvió. Parece ser que insistió. Y que el mar no lo rechazó por segunda vez.

h1

El camino irrenunciable

14 enero 2009

A veces vacilo y maldigo la ciencia. Me siento extraño en esos ratos, no está en mi naturaleza. No está en la naturaleza de las personas. Queremos saber, explicarnos todo lo que vemos. Es uno de los motores que llevamos en algún rincón de las entrañas y que nos hace movernos en constante busqueda.

Quizá sea eso. Tal vez cuando creemos que conocemos algo, cuando no encontramos muchas preguntas sin respuesta con respecto a un tema, nos deja de interesar, el fuego se queda sin combustible.
¿Os imaginais mirando la luna hace unos miles de años? Allí arriba en medio de la oscuridad, a veces ausente, a veces reina de la noche, dejándose mirar y mirando.

Ahora sabemos que no es la diosa que, enamorada de Endimión tras encontrarselo dormido en una cueva, se arrodilló ante Zeus para que a su amante se le concediera vida eterna, que no le faltara nunca. Ahora sabemos que no viaja por los cielos en su barca cuidandonos de los malos espíritus. Ahora sabemos que es una roca. Una enorme piedra. Y nos agarramos a historias como la enigmática luna azul, que aparece cuando una segunda luna llena llega en un mismo mes, porque el misterio nos es agradable.

No maldigo la ciencia porque haya puesto una respuesta lógica donde había una turbadora pregunta. No nos podemos salir de ese camino, y en ese camino hay respuestas. Sólo es que a veces prefiero no analizar si soy más feliz o menos con cada avance, ¿o es que la felicidad no está al final de ese camino irrenunciable? ¿O está en otro camino diferente? Quizá haya que buscarla en los pasos que vamos dando, vayan a donde vayan.