Posts Tagged ‘Felicidad’

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Vencedores

13 enero 2012

− No es que sea un perdedor, mi amigo José, pero desde luego no es un ganador. Ya desde muy joven se le veía la falta de ambición. Este se va a quedar en el pueblo, pensabamos, y así ha sido.
»Ahora nos mirará con envidia el pobre, distribuidos por el mundo en los trabajos más diversos, la vieja pandilla, mientras él sigue allí en medio de la nada. Viendo pasar las estaciones. Eso es lo que hace. Y un viaje anual y la barbacoa de los domingos con su mujer y sus hijos. Su taller no le da para mucho más.
»A veces viene a verme y se le ve contento con su vida. Pero el pobre infeliz escucha con tanto interés mis batallas que me veo obligado a restarles importancia.
»Habrá que hacer algo para que sus hijos no sigan su ejemplo. Habrá que mostrarles lo que el mundo puede ofrecerles, meterles la ambición en el cuerpo, las ganas de prosperar. Prosperar hacia donde pregunta mi amigo José. El pobre…

− Lo siento pero son las siete ya. Por hoy basta. Mañana a la misma hora. No olvide tomar su medicación. Y si continúa sin poder dormir intente leer o cocinar o cualquier otra cosilla antes que quedarse en la cama, ¿de acuerdo?

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Fluidos versus sólidos

3 noviembre 2011

Mi colega Klaus, peor físico que yo por cierto, y me aventuro a decir que no sólo cientificamente hablando, llevó a cabo cierto experimento hace un par de años. No lo remitió a ninguna publicación porque el cajón donde guarda las cartas con el “lo sentimos bla bla bla”, el primero empezando por abajo de su escritorio, pide a gritos una ampliación que él no está dispuesto a conceder. Prefiere organizar pequeñas cenas en las que, eso hay que reconocérselo, se trabaja minuciosamente el que no se le cierre el grifo para seguir investigando a pesar de su paupérrima productividad científica. Para ellas hace una espléndida selección de comensales, entre los que por supuesto me encuentro junto a otras eminencias científicas y no menos eminentes altos cargos, científicos o no pero con dinero que repartir, y una exhibición de verborrea digna de ser rodada y distribuida como una clase magistral de encantamiento.

Hace un par de años, como decía, nos contó mientas esperábamos los postres que había ideado un método gracias al cual provocando la alegría de manera controlada en diferentes individuos podía materializar esas sensaciones producidas y recogerlas en recipientes como quien recogiera el sudor que provoca el miedo intenso. Como era de esperar no nos dio información acerca de la metodología, marca de la casa de Klaus, pero si nos habló de los resultados. Las alegrías formaban un líquido que contra todo pronóstico resultaba bastante negruzco. Pero lo más curioso es que la solidificación de dicho fluido no se producía bajando la temperatura sino aumentando la cantidad de materia. Es decir, cuanto más líquido había en el recepiente más viscoso era. Y esto sucedía hasta un punto en el que se convertía en una especie de hielo. Klaus consideraba esto prueba suficiente de que su experimento era un éxito y que, en efecto, esa especie de hielo, esa alegría solidificada, es nada más y nada menos que la felicidad.

Aceptando estos resultados como quien acepta pulpo como animal de compañía y con la copa que hábilmente sucede a los postres estuvimos un rato hablando de las consecuencias e implicaciones del descubrimiento. Quedó explicada por ejemplo, al menos como hipótesis, la insistente búsqueda de la felicidad del ser humano. Esta búsqueda, de innegable existencia por estar documentada hasta la extenuación texto tras texto a lo largo de la historia escrita, parece lógica ya que con el estado sólido alzanzado, es decir con la felicidad hecha una piedra, se consigue garantizar la no perdida de material. Incluso se podría prescindir del recipiente una vez solidificada dicha felicidad. Sin embargo, con el líquido primigenio que forman las alegrías esto no sería posible, ya que resulta evidente que cualquier pequeño agujero puede ser causa de la perdida completa del material obtenido. Así podriamos entender la felicidad como la optimización de circustancias para que las alegrías no terminen pidiendo paso en la alcantarilla más cercana. Hasta ahí el debate fue dinámico pero no acalorado. Otra cosa fue cuando Klaus nos reveló la dificultad que surgió para seguir recogiendo alegrías de los individuos para los que la felicidad había solidificado. La sospecha de que para mantener dicha felicidad no hacen falta alegrías nos llevó poco menos que a las manos. De hecho mi monóculo acabó en el suelo y apareció minutos después profusamente pisoteado, casualmente según me insisten. Estarán conmigo en que las implicaciones de la afirmación son, cuando menos, gravísimas, ya que postulan un individuo feliz como un ente prácticamente inerte.

Finalmente en un arranque de sabiduría y voluntad supimos retirarnos y llevarnos las últimas reflexiones a casa, donde, en mi caso y en el de cualquiera con un mínimo criterio, en el revistero junto al retrete el trabajo de Klaus puede acompañar a la literatura tipo conócete a ti mismo, a periódicos pasados de fecha y a la propaganda del supermercado del barrio.

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El frigorífico

22 julio 2011

— Deben ser felices
— ¿Si?
— Yo creo que si. Tienen un montón de imanes en el frigórifico.
— Eso no significa nada.
— Sólo he visto la entrada y la cocina. También tienen colgado un examen de matemáticas con un sobresaliente, debe ser de su hijo. Y todo está muy limpio. Y tienen una  licuadora. Y felpudo.
— Si son felices es porque se quieren, no por como decoren la casa o por las cosas que tengan.
— Ya.
— …
— Bueno, que cada uno lo intente como pueda ¿verdad?
— A ver si en el proximo viaje que hagamos nos acordamos de comprar un iman. Podriamos coleccionarlos.
— Claro. Buena idea.
— …
— ¿Eres feliz?

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Fisiología

6 julio 2011

El ascensor llega al tercero y abre sus puertas expectante.

Entra la pareja de las 20:00. Hoy se han adelantado casi media hora. Algo desilusionado, el ascensor cierra puertas y espera a que introduzcan la llave del garaje para confirmar que es allí a donde tiene que llevarlos.

Al final del recorrido vuelve a abrirse y mira como se alejan en la oscuridad a la luz del móvil que él saca de su bolsillo. Parece que nadie les ha comentado que ya funciona el interruptor.

El ascensor, que por viejo ya se las sabe todas, se queda pensando en el tiempo que hace que no les ve tocándose por debajo de la ropa, dándose besos urgentes, disimulando con la cara roja y las manos a la espalda cuando paraba en un piso y abría las puertas sin previo aviso.

– Se han dejado de tocar. –Piensa. –Un día de estos se va a quedar embarazada.

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Trenes

29 diciembre 2010

− Manolo tengo una metáfora que explica lo que me pasa. La leí ayer. Debe ser que es bastante común.

Manolo no escucha nada, y no sólo por la lápida que sella el nicho en el que está, sino porque perdió el oído hace un mes, nada más morir.

− ¿Recuerdas que decíamos que habíamos logrado parar el tiempo? Pues no era así. Era únicamente nuestra perfección. No, espera, esa no era la palabra. ¡Percepción! Eso es. Nuestra percepción. Te explico. Aquí viene la metáfora. Imagíname en un tren que va a toda velocidad y que al mirar por la ventanilla lo que veo es a ti mirándome por la ventanilla de un tren que va junto al mío y a la misma velocidad. Por eso todo nos parecía como congelado, pero no era así Manolo, los trenes iban muy rápido, y ahora que tu tren no está, desde mi ventanilla no veo más que paisajes desaparecer, y sé que en realidad siempre fue así, los paisajes siempre estuvieron apareciendo y desapareciendo. Desde el principio. Y nosotros no los veíamos. Pero no te deprimas Manolo, no me tengas envidia, ahora soy consciente del paso del tiempo pero entiendo más bien poco de lo que veo. Supongo que ya es tarde. Ha sido mucho tiempo avanzando a ciegas como para ahora saber ubicarme. Y echo de menos tu tren. A ti en tu tren. Me parece todo tan fugaz…

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Oferta y demanda

30 noviembre 2010

El individuo A ha comprado la felicidad después de estar mucho tiempo buscándola. “No ha sido fácil” dice siempre que habla con alguien. Supo ser perseverante y las pequeñas dudas que alguna vez le asaltaron no le hicieron desfallecer. Sabía lo que quería y estaba dispuesto a pagar cualquier precio. Ahora, con la felicidad en las manos, se sentía como si acabara de conseguir un barco pirata de Playmobil en víspera de reyes después de escuchar durante un mes en multitud de tiendas que ya no encontraría ninguno. “¡Como soy!” va pensando.

El individuo B se ha cruzado con una oferta de felicidad a buen precio y ha comprado cuarto y mitad. Mira una y otra vez la lista de ingredientes sin que le acaben de convencer las bondades del producto. Tampoco encuentra la fecha de caducidad pero admite que el precio es de risa. “Mal no me va a hacer” piensa mientras se ve con ella en las manos. Sin embargo poco después se siente como a la salida de un supermercado con cuatro bolsas de plástico repletas de productos en sus manos cuando él había salido de casa solo a por huevos. “Todo un borrego” se dice.

El individuo A todavía no lee a Bucay pero cuando lo haga sabrá que en realidad siempre fue feliz.

El individuo B lee de vez en cuando a Pessoa y en el fondo sabe que nunca será feliz.

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Que bello es vivir

18 octubre 2010

Era 24 de Diciembre. Jorge Gres volvía por la tarde a casa donde se sabía esperado. Su mujer estaría disfrutando mientras preparaba la cena y colocaba en la mesa la cubertería cara y sus hijos andarían revueltos preguntándose si de nuevo iban a tener que esperar hasta el día siguiente para abrir los regalos. La reunión con el comité de accionistas había sido especialmente agradable. Eran innumerables las enhorabuenas recibidas por la gestión del año a cerrar y por el ascendente ángulo en el que la curva de beneficios se había acomodado. Conducía deprisa porque antes de llegar a casa tenía que pasarse por el bar de la urbanización donde había quedado con unos amigos para hablar de una escapada que solían hacer en nochevieja junto a sus familias. Cuando la vieja se cruzó en la carretera Jorge Gres tuvo que pegar un frenazo. Ya con el coche parado le dio a la bocina con todas sus fuerzas y la mantuvo pulsada durante varios segundos.

La anciana se acercó a la puerta de copiloto y la abrió. Jorge Gres dio un respingo sin entender por que el cierre automático no había funcionado. La anciana se sentó sin que él, con el cinturón puesto, fuera capaz de evitarlo. Una vez sentada toda la escena se paralizó, los transeúntes quedaron congelados, las manecillas simuladas del reloj digital del coche dejaron de moverse y la suave voz de la anciana se elevó sobre el silencio:

– Mi nombre es Clara. Observa lo que te voy a mostrar.

El coche comenzó a moverse sin que nadie tocara los pedales ni el volante. Jorge Gres, al que se le habían quedado en la garganta unas cuantas quejas y preguntas, tenía los ojos como platos. La anciana volvió a hablar:

– La única diferencia entre la realidad y el presente que vas a ver es que en este tú nunca has existido.

En la primera parada Jorge Gres vio como su mujer disfrutaba en la cama de otro hombre mientras unos restos de comida china traída por un repartidor permanecían sin acabar en la mesa de la cocina. En otra habitación se acostaban entre risas sus hijos mirando una última vez antes de meterse bajo las sabanas los regalos que habían preparado para sus padres. Poco después el coche extrañamente manejado por la anciana se acercó al bar de la urbanización. Allí estaban sus amigos planeando la escapada navideña exactamente igual como recordaba que había pasado un momento atrás, pero sin su presencia.

– Y ahora volvamos de nuevo al presente donde tú existes.

Las siguientes paradas fueron en numerosos pisos donde caras que le sonaban remotamente intentaban a duras penas emular las navidades de los anuncios. Algunos niños enfadados soportaban estoicamente como sus padres se excusaban en lo mal que estaba el trabajo. Otros no lograban ser tan estoicos.

De repente Jorge Gres se vio de nuevo en el sitio donde había pegado el frenazo. La vieja ya no estaba a su lado y tras una breve inspección comprobó que tampoco estaba fuera del coche. Aun así Jorge Gres permaneció inmutable durante varios minutos hasta que extrañado miró hacia abajo de donde parecía venir un ruido de guitarras.

Clara, rodeada de fuego, sonreía mientras sonaba Back in Black en honor de su nuevo rabo con punta de flecha y de sus cuernos recién ganados.